martes, 21 de abril de 2015

Los "terribles dos" no existen

Fernando descubriendo lo interesante de jugar con la arena en la playa.


Los famosos y temidos "terribles dos años" no existen.

No he hecho ningún estudio al respecto y me paso por .... los cientos de artículos en que se hablan de los "terribles dos".

No son nuestros hijos quienes se vuelven terribles con los dos años.

Somos nosotros quienes nos volvemos terribles cuando ellos llegan a esa edad.

A los dos años, creo que de manera general, los niños nos muestran sus desacuerdos, sus "no", lo que desean hacer, los que no desean hacer. Se vuelven más curiosos, más determinados en su curiosidad.

Empiezan a ser más ellos y menos el niño o niña que, muchas veces, "hacía todo lo que yo le decía", "se quedaba quieto donde yo quería que se quedara quieto".

Entonces se nos cruzan las exigencias, los juicios de mucha gente (hace semanas estuve a punto de decirle a una señora que se fuera a la mier... si seguía comparando a su nieto "que se porta tan bien" de 9 meses con mi hijo de dos años y medio, y agregando a cada minuto "que era un malcriado" porque a su saludos mi hijo respondía con manotazos para que se le alejará -la ha visto tres veces en su corta vida), y un repentino cambio de un niño tan dependiente al que ya no lo es tanto.

Entonces, no es a los niños a quienes tienen que llamarles "terribles" y "sicoanalizarlos".

Somos nosotros los que necesitamos la orientación para nuestra terrible manera de reaccionar hacia la personalidad naciente de nuestros hijos. Una orientación que nos permita evitar anularlos y minimizarlos.

miércoles, 18 de marzo de 2015

La "culpa"

El sábado en la tarde tuvimos un accidente casero.

Fernando dormía. Yo estaba en la cocina y el esposo en el baño. De repente escuchamos un llanto desesperado y un sonido de tos desde la habitación.

Mi esposo llegó primero. Fernando lloraba y tosía desesperado. A su lado estaban dos pedazos de plástico que eran de un gancho de colgar ropa. Faltaba el click que los unía. El gancho estaba sosteniendo una apertura del mosquitero de la cuna.

Era uno como este.


El esposo trato de buscar el click en la garganta de Fernando y no estaba. Le golpeamos en la espalda. Esto lo hicimos mientras salíamos corriendo hacía el vehículo para ir a la clínica. A mitad de camino Fernando iba sentado, secándose las lágrimas y mirando el panorama.

Llegamos a emergencia y la pediatra no solo nos hizo esperar, sino que vino con toda la calma a decirnos que lo veía bien por lo que suponía que no estaba en peligro. De paso me comentó que ya había atendido a una niña que se tragó una aguja. Creo que no entendía mi desesperación de madre primeriza.

En la camilla, Fernando se revoltea. No tiene nada en la garganta. Se lo tragó.

Le tomamos la radiografía. El click se ve claro, en el tubo digestivo. Hay que esperar que siga su camino. Pasamos mala noche pendiente de Fernando. Él no, durmió bastante bien, aunque muy ñoño.

Al día siguiente, domingo, en la segunda radiografía de control el click estaba en el estomago.

Fernando nunca dio señales de malestar o dolor. Siguió igual de travieso, mientras el esposo y yo pasamos el fin de semana más tenso de nuestras vidas de padres.

El click salió el lunes en la mañana.

En todo este ínterin, no pude evitar sentirme de lo peor. Culpable. Y cada llamada que recibía de algún familiar ahondaba el sentimiento.

No pude evitar pensar que hubiese pasado en un escenario peor. ¿Cuántos padres no han perdido a sus hijos por un accidente casero, por una situación que no pudieron manejar ni prevenir de ninguna manera?

Es increíble como la reacción primera de la gente sea acusar, porque es una reacción, pienso que no es intencional. No puede ser intencional.

El apoyo es lo menos.

¿Qué padre o madre quiere que su hijo le pase algo malo, se provoque un daño? Creo que ninguno. Pero sin embargo, pasan accidentes y mueren niños por esos accidentes. Y a veces pasan de la manera más azarosa, sin que ninguna medida de seguridad pudiera evitarlo.

Confieso que el lunes, en mi alegría luego de que el click saliera del cuerpo de mi hijo, no pude respirar con alivio. Pensé en los otros padres, en los que pierden a un hijo en esas circunstancias. Pensé en un abrazo grande para todos ellos, uno que les sanara la culpa.

lunes, 23 de febrero de 2015

Destete nocturno III: Volver al principio

Parece que canté victoria temprano.

El destete y su temprana celebración ha sido anulado por la rebelión de Fernando.

El declive del destete empezó dos semanas después de que empezara a asistir a la guardería (que de paso les cuento que no llora ni patelea y se lanza a los brazos de su nueva "titi" con sonrisa y abrazo).

El cuento de la teta que duerme no le da ni frío ni calor. Ni que le acaricie y le añoñe. Nada.

Supe que tenía la "guerra" perdida cuando dos horas después de sus gritos constantes, pataleos, bofetadas y jalones de cabello...y despertar a todo el vencindario, tuve que decir basta y dejar que tomará las riendas.

Y el muy bonito se sonrío con la teta en la boca.

Y esa fue la última batalla de una serie de encontronazos cuando el Fernando decidió rebelarse a la decisión de no teta en las noches y madrugadas.

He tirado la toalla...por el momento.

Creo que tengo que esperar que las novedades de la guardería y la separación que conlleva se "asienten". O quizás ver alguna señal que me permita ver qué hacer...o ir buscando alguna técnica para esto.

Si alguien tiene algún truco, me avisa.

Y la rebelión se extiende por toda la casa.



martes, 20 de enero de 2015

La guardería

Fernando empezó a ir a la guardería.

Hubiese preferido que siguiera cuidado en casa hasta empezar la escuela en septiembre, con casi tres años. O quizás con cuatro años el próximo año. Pero no había de otra. Lo bueno, creo, es que esta separación del hogar empezó a los dos años y no antes.

El primer día, el lunes de la semana pasada, me volví un mar de lágrimas cuando lo dejé. Jamás pensé que me iría a afectar tanto. Llegué a casa y llamé al esposo casi sin poder hablar, compungida. ¡Vaya drama!

¿Fernando? Cuando llegó a la puerta se soltó de mis manos y se fue corriendo a jugar y brincar. Jamás se molestó en ver donde quedó mamá. Así fue la situación hasta el miércoles. Todo cambió el jueves.

No quería entrar. Me miraba con cara triste y dio unos pasos lejos de la portón. Miró hacia atrás y me reclamó en su idioma irreconocible. Entré y se apuro a seguirme, pero abrazado a mis piernas. No quería soltarme hasta que vio una pelota que picó su primo Sebastián. Me escabullí.

Pero el viernes no hubo pelota que valiera. Lloró y lloró. Y el corazón se me apretó y se me puso chiquito.

Ayer y hoy, lunes y martes, su tristeza empezó antes de llegar, a una esquina de distancia. Se tapó el rostro con sus dos manos y se detuvo en el portón, me miró con cara de tristeza como diciendo "¿Esto es todo los días, mamá? Se queda medio triste en un rincón.

Claro, la historia es diferente cuando el papá lo va a buscar. Lo encuentra jugando, brincando, gozando un mundo con sus amiguitos.

La separación nunca es fácil. Ni siquiera por unas horas. Sé que Fernando es un niño con cierta independencia, normal y adecuada para su edad, pero es un niño que aun necesita apego, compañía, de sus padres. Es normal su llanto, es dolor por el lazo que nos une, no manipulación.

Pero ahí está, jugando y saltando. Quizás ahora empieza a hablar, que es una preocupación para mí, pues a su edad aun no habla, no verbaliza una oración que se entienda. Creo que estar tiempo con otros niños, interactuando lo ayudará. De hecho, en estos días está tratando de armar palabras y ya entiendo algunas como "aquí" "allá" dentro de su "lenguaraje". Si no mejora en este tema después de los dos años y medio, que los cumple en abril, lo llevaré a evaluar.

A ver como seguimos con este proceso.

Ni idea de lo que estaba jugando, pero hay cuerda de por medio. La foto la tomó el padre.