lunes, 15 de diciembre de 2014

Destete nocturno I

La lactancia ha sido uno de los espacios más satisfactorios de mi maternidad. Me alegro haberme decidido por ella. Sé que he dado algo muy importante a mi hijo.

Desde el principio tuve claro que la lactancia entre mi hijo y yo sería un asunto entre mi hijo y yo. Contra todas las opiniones, inclusive la del pediatra (que de lactancia sabe lo que yo sé de física nuclear o cuántica), lleve mi lactancia viento en popa. Y aun hoy, con mi hijo de dos años y dos meses, es una lactancia disfrutada...excepto en las noches.

Mi hijo, supongo que por un asunto de herencia, es bastante alto para su edad y con un peso que ya sobrepasa las 30 libras. De madrugada, cargarlo media dormida cuando despertaba y se sentaba en la cuna a pedir teta...estaba haciendo mella en mí. Sobre todo porque mi horario laboral es tarde-noche. Llego cansada y siempre me acuesto sobre las 11 de la noche.

Así que sopesando que ya el Fernando tiene dos años y que la lactancia nocturna se me estaba convirtiendo en un sacrificio (no creo en amor sacrificado) y ya me estaba afectando físicamente...decidí la semana pasada iniciar un destete.

Fernando pasó ya por un destete brusco en mi viaje a Barcelona. Retomó la teta cuando volví, con tanto ímpetu que volví a pasar por las grietas en los pezones por varios días. Sé que el sufrió mucho ese destete brusco. La teta no es solo alimento, es lazo, apego, confort, amor. Así que pensé hacer este proceso de la manera más respetuosa posible. Me han contado formas horrendas de hacerlo. Una de las que más me impactó me la relató una chica que me arreglaba las uñas: se untó los pezones con hiel de pollo...

Mi hijo no tiene un gran vocabulario, es casi nulo. Pero entiende todo. Así que pensé en decirle que la teta duerme de noche y ante sus seguras quejas, pues añoñarlo lo más que pudiera.

Primer día. Se despertó tres veces. Me sentaba y le decía "la teta está durmiendo. Vamos también a dormir". En la primera despertada hubo llanto de...dos minutos y se durmió. En la segunda, pataleo acostado y se durmió. A la tercera lo mismo que la segunda. A las siete de la mañana despertó, vio la luz del sol y dijo "teta" y la teta buscó.

Segundo día. Un pataleo inicial con un poco de llanto. Durmió sin despertar más hasta las seis y media de la mañana. Vio que era de día y sonriente buscó su teta.

Tercer día. Lo mismo que el segundo.

Cuarto día. Un madrugada difícil. Cuando despertó por primera vez no valió nada. Lloraba y lloraba. Su papá se acostó a su lado. Trataba de abrazarlo y lo rechazaba. Se me acercaba y le decía que no y volvía el llanto. Así que lo cargué y empecé a hablarle mientras lo mecía caminando de un lado al otro. Le explicaba que la teta dormía, pero que también mamá necesitaba dormir, que lo seguía amando aunque la teta no estuviera ya de noche, que desde que el Sol saliera la teta iba a despertar, que mamita llegaba cansada y necesitaba descansar. Sé que mi niño no entiende esas razones adultas, pero mi voz lo tranquilizó y se durmió. Lo acosté a mi lado y dormimos el resto de la madrugada. Claro, al abrir los ojos lo primero que busca es a su querida teta.

Quinto día. Igual que el segundo y el tercero.

Sexto día. Dos despertares. Un poquito de quejas. Mucho abrazo, mucho beso, mucha caricia y a dormir.

Así vamos.

Eso sí, en la mañana temprano todos los caminos conducen a su teta. No se la niego, para nada. Pero claro, el mundo está ahí y el quiere conocerlo, entonces la teta se olvida por ratos largos. Va al patio del residencial, camina conmigo a ver los animales de una casa cercana (sí, en plena zona urbana mi hijo disfruta ver ganzos, patos, vacas...), va al mercadito, recoge palitos del piso, juega, curiosea con las plantas, con los espejos en que se ve reflejado...y mira hacía atrás va ver si estoy.

Se hace independiente.

Lactancia disfrutada :)
Aquí les dejo algunos apuntes sobre el destete, desde la página web de la Alba Lactancia Materna: El destete

jueves, 13 de noviembre de 2014

¿Portarse bien o portarse mal?

Hace unas semanas reparé en algo.

¿Cómo se portó hoy? Preguntó cuando llego a casa.

Y las respuestas siempre son dos: bien o mal.

¿Pero que es portase bien o mal?

Me detengo hoy a pensar en ello. Portarse mal parece ir relacionado con que mi hijo no reacciona como yo quiero que reaccione, o como los demás quieren que el reaccione. Por consiguiente, portarse bien es que reaccione como yo y los demás quieren que lo haga. Como si fuera un adulto.

Las dudas y los cuestionamientos llegan.

¿Por qué utilizar la palabra bien y mal para referirse a la personalidad de Fernando? ¿Acaso él es malo cuando no reacciona como yo y otros adultos esperan que reaccione?

No debería usar esas palabras. Ningún niño es bueno o malo porque reaccione como un niño, ni por sus pataletas, ni por sus sonrisas, ni porque una noche le cueste dormirse temprano, ni porque me pida brazos, ni porque quiera jugar conmigo cuando estoy cansada.

Este no es un asunto de poner límites, lo digo porque para muchos tratar de críar desde el niño es creer que no pones límites, y es todo lo contrario. La gente piensa que poner límites es gritar, pegar, decirle a un niño o niña que es malo porque no se comparta como un adulto, como yo quiero que sea.

Creo que en vez de preguntar cómo se portó, preguntaré cómo se han pasado el día, cómo están, cómo está el Fernando.

Hay asuntos que es bueno desmontar.

El día que conquistó la despensa.

martes, 14 de octubre de 2014

"Complacencias"

A su manera. No hay dudas.


Fernando cumplió dos años hace diez días. Con una personalidad ya muy suya. Risueño, demandante, travieso, curioso, y otras tantas particularidades de mi hijo.

Es un niño apegado a mamá, como todo niño criado con apego. No tengo problema con eso. Pues a su edad es lo normal. Cuando bajamos del apartamento se me suelta enseguida de la mano, se va solo al apartamento de doña Juana, una de las vecinas más dulces que he tenido en vida y que es un imán con todos los niños del residencial. Y desde el balcón de doña Juana me dice adiós sin llorar. También se pasa su tiempo jugando solo, mirando televisión y haciendo sus travesuras.

Hoy fui con él a su pediatra. La razón, empezó a cojear ayer. No es una cojera marcada, pero parece que no quiere afincar un pie. En la sala de espera estaba, como siempre, brincando, jugando con una botella de agua. Se sentó en el piso frente al televisor de la sala.

- "No dejes que se siente ahí. En las clínicas hay muchísimos microbios".

Eso me dijo una visitar a médico. La miré, le sonreí.

- "¿En un pasillo de consultorios? No creo. Aunque no se que esté más contaminado, si la tierra que explora en el macetero de mi casa o este piso".

No me volvió a dirigir la palabra.

Ya dentro del consultorio, Fernando se tensa. Cuando trató de ponerlo en el peso, no se deja. Una rabieta. Al final lo sentamos en una bascula donde acuestan a los más pequeños para pesarlos. Casi 29 libras.

Me siento con él y le explicó al doctor la razón de estar allí. Fernando está bien abrazado a mí, viendo con sospecha al doctor. El pediatra me pregunta la edad.

- "Hace quince días cumplió dos años", le digo.

- "¿Y va a la escuela?", me pregunta.

Extraña pregunta. Le respondo que no, que irá el año que viene.

- "Debería ya inscribirlo. Es tiempo de que esté en la escuela", y me lo dice como si se tratara de una receta.

¿Valía la pena explicar mis razones de no llevarlo aun a la escuela? No. No le dije nada más.

Luego, el pediatra se acerca a Fernando con un estetoscopio. Empieza a llorar. Me abraza. Lo pongo en la camilla y ahí empieza la revuelta. El pediatra me dice que le sujete los brazos. Lo hago. Fernando se retuerce. Así logra el pediatra revisar sus orejas y su boca. Revisa su pierna mientras que a él solo le falta girar la cabeza como la niña de "El exorcista". Lo pone en el piso, lo hace caminar hacía mí. Fernando llora y llora. Hasta que termina el examen y se abraza con fuerza a mi cuello. Lo paseo por el consultorio. Mientras el médico me explica que no encontró nada anormal. Le recetará un antiflamatorio. Pide vigilancia y reposo. Me río, por lo del reposo. El también se ríe.

Me vuelve a repetir lo de la escuela.

Me despido.

***
De regreso a casa, en el Metro se muestra incomodo. Está cansado. Trato de entretenerlo. Pide teta. Se la doy. Escucho murmullos pero no alzo la cabeza. Casi llegando a la parada, Fernando insiste en tirarse al piso, le habló. Se queda entre mis piernas. Me pongo de pie cuando el tren está a punto de detenerse, pero Fernando parece que está deseoso de bajarse, muestra nuevamente incomodidad.

- "Es que usted es muy complaciente".

Me dice eso un chico que no puede tener más de 21 años.

Me bajo del tren sin responderle.

Y yo que pensaba que eso de que la gente se crea con libertad de "aconsejarte" consejos no pedidos, y de juzgarte sin ton ni son era asunto de embarazo y recién nacidos.

No, ahora es que falta mambo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

¿Golpear es educar?

Foto tomada http://www.medicinapreventiva.com.ve/

Hace unos días, a raíz de un caso de maltrato infantil por parte de futbolista del NFL, quien golpeó a su hijo de cuatro años, el director del diario donde trabajo publicó su opinión sobre la "disciplina de los golpes". Desconcertante leerlo y peor leer los comentarios. 

Estas "reflexiones" provocaron reacciones también, en especial en las redes. Algunos no creemos en el sentido "disciplinar" de "dar una pela". No mentiré, en una que otra ocasión me ganado la frustración y he dado una nalgada a mi hijo fruto de no saberla manejar. Pero no es mi norte, no creo en el maltrato como medida para criar.

Una amiga madre me hizo llegar un texto en respuesta al primero, al del director del periódico donde trabajo. Me pidió que lo publicará sin identificarla, por respeto a las personas que no ven nada de malo en dar "una buena pela". Aclaro, este anonimato respetuoso no es cobardía, sino es un manera de llamar la atención ante estos métodos sin marcar un dedo acusador, porque ni ella ni yo queremos acusar a nadie, hacerlo sentir culpable, sino que podamos todos reflexionar sobre este tema, inclusive yo y mis frustraciones que terminan en una nalgada.

Aquí, el llamado a reflexión.

Hombres y mujeres de bien
Erase una vez, en un país que no se hundía, hombres y mujeres de bien aprendían “con una buena pela” que “que lo malo se castigaba y que había una autoridad encargada de aplicar el castigo, que no dejaba pasar una”. Años después, esos mismos hombres y mujeres seguían dando “pelas” a sus hijos, y muchas veces, a sus parejas, y el país si se hundía por la corrupción y la impunidad de hombres y mujeres (de no tanto bien, pero también educados a base de pelas).
El país se hunde, es cierto… algunos de esos hombres golpean a sus mujeres porque la cena no está lista a tiempo o porque ella se quedó chachareando con las amigas en el colmado… En algunos casos esas mujeres reciben los golpes convencidas de que el marido que las golpea las ama: así se lo explicaron sus padres, te amo, pero necesito golpearte para que entiendas que es lo que más te conviene. 
¿Exagero? Quizás… la mayoría de los que recibieron “una buena pela” y encontraron en ella la disciplina y el sentido del bien y el mal necesarios para ser “gente de bien” tienen marcas bastantes visibles en su carácter. Muchos son incapaces de expresar sus necesidades emocionales de forma correcta: hablan gritando, no solo a sus hijos o a sus cónyuges, sino también a sus empleados y a los compañeros de trabajo.  Nadie les enseñó que hablar era un modo adecuado de obtener lo que se busca. 
Ciertamente, son gente de bien… pero no saben “pasar una” a sus amigos o a sus familiares. Van de relación rota en relación rota… más de uno lleva ya dos divorcios e insiste en eso, en que “no deja pasar una”.  Tampoco hacen relaciones cercanas o estrechas. Les cuesta la intimidad emocional con el otro.  Nadie les enseñó que a veces hay que conversar sobre lo malo que se hace, acoger el perdón que se pide, y dejar pasar más de una…
Son gente de bien, por supuesto, pero aprendieron que cuando el otro es el más débil se le tuerce el brazo a la fuerza. Aprendieron con las pelas de sus padres a ser autoritarios y un poco dictadores y que es el otro quien impone el buen comportamiento y no desarrollaron “autodisciplina”; Por tanto beben hasta emborracharse porque no saben cuando detenerse y engañan cuando no los están viendo. Así aprendieron a escapar del castigo, primero de la pela de sus padres y luego de la autoridad tributaria que les descubre sus trampas para evadir impuestos.
Son gente buena, las marcas no son visibles… pero tampoco invisibles. Encuéntrelos a su lado. Están en el sicólogo preguntándose por qué tanta rabia contenida. Muchas mujeres están en el sexólogo preguntándose por qué no pueden decirle a su esposo donde no les gusta ser tocadas. ¡Las pobres! Aprendieron en cada “buena pela” a callarse sus sentimientos y sus necesidades emocionales. Pero son mujeres de bien, de eso no cabe dudas.
¿Exagero? Quizás… algunos están también en las iglesias, buscando el amor que sus padres no supieron expresarle.  Por cierto, muchos no logran rezar un “padre nuestro” sin que se les encoja el alma o peor aún, lo rezan y predican convencidos de que Dios es también así: que no deja pasar una, que castiga el pecado del ser humano sin un ápice de compasión solamente para enseñarle que la autoridad es suya y que reparte premios y castigos de conformidad con el comportamiento de la persona. Es la gente que anda difundiendo la teología de la prosperidad según la cual a los que les ha ido “bien” Dios los ha premiado; y a los que les ha ido “mal”, Dios los ha castigado. 
La disciplina y el sentido del bien y el mal no se enseñan regalando caramelos, sino con el ejemplo. Cuando un padre o una madre tiene que acudir a los golpes o a los castigos está enseñando el fracaso del dialogo y que de los más débiles se puede abusar. No se trata de regalar caramelos, sino de tener el valor de dejar a los hijos asumir las consecuencias naturales de sus actos. La vida trae en si misma lecciones suficientes. No son estos modernismos los que nos van a hundir, sino la falta de coherencia entre nuestro actuar y nuestro decir; entre nuestro discurso de valores, y los que mostramos con nuestros actos. 
No nos van a hundir estos “modernismos”, sino los otros: el Ipad que sustituye la presencia del padre o la madre en la casa; las agendas de los niños llenas de clases de inglés, natación, karate, música y hasta mandarín, sin una hora de descanso en las piernas de la madre contándole los juegos en el recreo o sencillamente jugando con masilla. Esos son los modernismos que ponen en riesgo nuestra sociedad… no la falta de pelas o castigos. 
Y a propósito de castigos: pueden explicarme los convencidos de que el castigo funcionara, por qué la reincidencia sigue siendo un problema de todos los regímenes penitenciarios. Yo no pude averiguarlo a pesar de mis frecuentes visitas a la cárcel y los diálogos con los internos cuando hice trabajo voluntario en la Cárcel Preventiva de Najayo durante los años 2003-2007 más o menos. Lo que si pude comprobar en tantas conversaciones, es que hubo muchas pelas en las familias de los encarcelados, pero muy poca atención de los padres y madres a las necesidades de afecto de sus hijos cuando estos eran niños.