jueves, 13 de noviembre de 2014

¿Portarse bien o portarse mal?

Hace unas semanas reparé en algo.

¿Cómo se portó hoy? Preguntó cuando llego a casa.

Y las respuestas siempre son dos: bien o mal.

¿Pero que es portase bien o mal?

Me detengo hoy a pensar en ello. Portarse mal parece ir relacionado con que mi hijo no reacciona como yo quiero que reaccione, o como los demás quieren que el reaccione. Por consiguiente, portarse bien es que reaccione como yo y los demás quieren que lo haga. Como si fuera un adulto.

Las dudas y los cuestionamientos llegan.

¿Por qué utilizar la palabra bien y mal para referirse a la personalidad de Fernando? ¿Acaso él es malo cuando no reacciona como yo y otros adultos esperan que reaccione?

No debería usar esas palabras. Ningún niño es bueno o malo porque reaccione como un niño, ni por sus pataletas, ni por sus sonrisas, ni porque una noche le cueste dormirse temprano, ni porque me pida brazos, ni porque quiera jugar conmigo cuando estoy cansada.

Este no es un asunto de poner límites, lo digo porque para muchos tratar de críar desde el niño es creer que no pones límites, y es todo lo contrario. La gente piensa que poner límites es gritar, pegar, decirle a un niño o niña que es malo porque no se comparta como un adulto, como yo quiero que sea.

Creo que en vez de preguntar cómo se portó, preguntaré cómo se han pasado el día, cómo están, cómo está el Fernando.

Hay asuntos que es bueno desmontar.

El día que conquistó la despensa.

martes, 14 de octubre de 2014

"Complacencias"

A su manera. No hay dudas.


Fernando cumplió dos años hace diez días. Con una personalidad ya muy suya. Risueño, demandante, travieso, curioso, y otras tantas particularidades de mi hijo.

Es un niño apegado a mamá, como todo niño criado con apego. No tengo problema con eso. Pues a su edad es lo normal. Cuando bajamos del apartamento se me suelta enseguida de la mano, se va solo al apartamento de doña Juana, una de las vecinas más dulces que he tenido en vida y que es un imán con todos los niños del residencial. Y desde el balcón de doña Juana me dice adiós sin llorar. También se pasa su tiempo jugando solo, mirando televisión y haciendo sus travesuras.

Hoy fui con él a su pediatra. La razón, empezó a cojear ayer. No es una cojera marcada, pero parece que no quiere afincar un pie. En la sala de espera estaba, como siempre, brincando, jugando con una botella de agua. Se sentó en el piso frente al televisor de la sala.

- "No dejes que se siente ahí. En las clínicas hay muchísimos microbios".

Eso me dijo una visitar a médico. La miré, le sonreí.

- "¿En un pasillo de consultorios? No creo. Aunque no se que esté más contaminado, si la tierra que explora en el macetero de mi casa o este piso".

No me volvió a dirigir la palabra.

Ya dentro del consultorio, Fernando se tensa. Cuando trató de ponerlo en el peso, no se deja. Una rabieta. Al final lo sentamos en una bascula donde acuestan a los más pequeños para pesarlos. Casi 29 libras.

Me siento con él y le explicó al doctor la razón de estar allí. Fernando está bien abrazado a mí, viendo con sospecha al doctor. El pediatra me pregunta la edad.

- "Hace quince días cumplió dos años", le digo.

- "¿Y va a la escuela?", me pregunta.

Extraña pregunta. Le respondo que no, que irá el año que viene.

- "Debería ya inscribirlo. Es tiempo de que esté en la escuela", y me lo dice como si se tratara de una receta.

¿Valía la pena explicar mis razones de no llevarlo aun a la escuela? No. No le dije nada más.

Luego, el pediatra se acerca a Fernando con un estetoscopio. Empieza a llorar. Me abraza. Lo pongo en la camilla y ahí empieza la revuelta. El pediatra me dice que le sujete los brazos. Lo hago. Fernando se retuerce. Así logra el pediatra revisar sus orejas y su boca. Revisa su pierna mientras que a él solo le falta girar la cabeza como la niña de "El exorcista". Lo pone en el piso, lo hace caminar hacía mí. Fernando llora y llora. Hasta que termina el examen y se abraza con fuerza a mi cuello. Lo paseo por el consultorio. Mientras el médico me explica que no encontró nada anormal. Le recetará un antiflamatorio. Pide vigilancia y reposo. Me río, por lo del reposo. El también se ríe.

Me vuelve a repetir lo de la escuela.

Me despido.

***
De regreso a casa, en el Metro se muestra incomodo. Está cansado. Trato de entretenerlo. Pide teta. Se la doy. Escucho murmullos pero no alzo la cabeza. Casi llegando a la parada, Fernando insiste en tirarse al piso, le habló. Se queda entre mis piernas. Me pongo de pie cuando el tren está a punto de detenerse, pero Fernando parece que está deseoso de bajarse, muestra nuevamente incomodidad.

- "Es que usted es muy complaciente".

Me dice eso un chico que no puede tener más de 21 años.

Me bajo del tren sin responderle.

Y yo que pensaba que eso de que la gente se crea con libertad de "aconsejarte" consejos no pedidos, y de juzgarte sin ton ni son era asunto de embarazo y recién nacidos.

No, ahora es que falta mambo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

¿Golpear es educar?

Foto tomada http://www.medicinapreventiva.com.ve/

Hace unos días, a raíz de un caso de maltrato infantil por parte de futbolista del NFL, quien golpeó a su hijo de cuatro años, el director del diario donde trabajo publicó su opinión sobre la "disciplina de los golpes". Desconcertante leerlo y peor leer los comentarios. 

Estas "reflexiones" provocaron reacciones también, en especial en las redes. Algunos no creemos en el sentido "disciplinar" de "dar una pela". No mentiré, en una que otra ocasión me ganado la frustración y he dado una nalgada a mi hijo fruto de no saberla manejar. Pero no es mi norte, no creo en el maltrato como medida para criar.

Una amiga madre me hizo llegar un texto en respuesta al primero, al del director del periódico donde trabajo. Me pidió que lo publicará sin identificarla, por respeto a las personas que no ven nada de malo en dar "una buena pela". Aclaro, este anonimato respetuoso no es cobardía, sino es un manera de llamar la atención ante estos métodos sin marcar un dedo acusador, porque ni ella ni yo queremos acusar a nadie, hacerlo sentir culpable, sino que podamos todos reflexionar sobre este tema, inclusive yo y mis frustraciones que terminan en una nalgada.

Aquí, el llamado a reflexión.

Hombres y mujeres de bien
Erase una vez, en un país que no se hundía, hombres y mujeres de bien aprendían “con una buena pela” que “que lo malo se castigaba y que había una autoridad encargada de aplicar el castigo, que no dejaba pasar una”. Años después, esos mismos hombres y mujeres seguían dando “pelas” a sus hijos, y muchas veces, a sus parejas, y el país si se hundía por la corrupción y la impunidad de hombres y mujeres (de no tanto bien, pero también educados a base de pelas).
El país se hunde, es cierto… algunos de esos hombres golpean a sus mujeres porque la cena no está lista a tiempo o porque ella se quedó chachareando con las amigas en el colmado… En algunos casos esas mujeres reciben los golpes convencidas de que el marido que las golpea las ama: así se lo explicaron sus padres, te amo, pero necesito golpearte para que entiendas que es lo que más te conviene. 
¿Exagero? Quizás… la mayoría de los que recibieron “una buena pela” y encontraron en ella la disciplina y el sentido del bien y el mal necesarios para ser “gente de bien” tienen marcas bastantes visibles en su carácter. Muchos son incapaces de expresar sus necesidades emocionales de forma correcta: hablan gritando, no solo a sus hijos o a sus cónyuges, sino también a sus empleados y a los compañeros de trabajo.  Nadie les enseñó que hablar era un modo adecuado de obtener lo que se busca. 
Ciertamente, son gente de bien… pero no saben “pasar una” a sus amigos o a sus familiares. Van de relación rota en relación rota… más de uno lleva ya dos divorcios e insiste en eso, en que “no deja pasar una”.  Tampoco hacen relaciones cercanas o estrechas. Les cuesta la intimidad emocional con el otro.  Nadie les enseñó que a veces hay que conversar sobre lo malo que se hace, acoger el perdón que se pide, y dejar pasar más de una…
Son gente de bien, por supuesto, pero aprendieron que cuando el otro es el más débil se le tuerce el brazo a la fuerza. Aprendieron con las pelas de sus padres a ser autoritarios y un poco dictadores y que es el otro quien impone el buen comportamiento y no desarrollaron “autodisciplina”; Por tanto beben hasta emborracharse porque no saben cuando detenerse y engañan cuando no los están viendo. Así aprendieron a escapar del castigo, primero de la pela de sus padres y luego de la autoridad tributaria que les descubre sus trampas para evadir impuestos.
Son gente buena, las marcas no son visibles… pero tampoco invisibles. Encuéntrelos a su lado. Están en el sicólogo preguntándose por qué tanta rabia contenida. Muchas mujeres están en el sexólogo preguntándose por qué no pueden decirle a su esposo donde no les gusta ser tocadas. ¡Las pobres! Aprendieron en cada “buena pela” a callarse sus sentimientos y sus necesidades emocionales. Pero son mujeres de bien, de eso no cabe dudas.
¿Exagero? Quizás… algunos están también en las iglesias, buscando el amor que sus padres no supieron expresarle.  Por cierto, muchos no logran rezar un “padre nuestro” sin que se les encoja el alma o peor aún, lo rezan y predican convencidos de que Dios es también así: que no deja pasar una, que castiga el pecado del ser humano sin un ápice de compasión solamente para enseñarle que la autoridad es suya y que reparte premios y castigos de conformidad con el comportamiento de la persona. Es la gente que anda difundiendo la teología de la prosperidad según la cual a los que les ha ido “bien” Dios los ha premiado; y a los que les ha ido “mal”, Dios los ha castigado. 
La disciplina y el sentido del bien y el mal no se enseñan regalando caramelos, sino con el ejemplo. Cuando un padre o una madre tiene que acudir a los golpes o a los castigos está enseñando el fracaso del dialogo y que de los más débiles se puede abusar. No se trata de regalar caramelos, sino de tener el valor de dejar a los hijos asumir las consecuencias naturales de sus actos. La vida trae en si misma lecciones suficientes. No son estos modernismos los que nos van a hundir, sino la falta de coherencia entre nuestro actuar y nuestro decir; entre nuestro discurso de valores, y los que mostramos con nuestros actos. 
No nos van a hundir estos “modernismos”, sino los otros: el Ipad que sustituye la presencia del padre o la madre en la casa; las agendas de los niños llenas de clases de inglés, natación, karate, música y hasta mandarín, sin una hora de descanso en las piernas de la madre contándole los juegos en el recreo o sencillamente jugando con masilla. Esos son los modernismos que ponen en riesgo nuestra sociedad… no la falta de pelas o castigos. 
Y a propósito de castigos: pueden explicarme los convencidos de que el castigo funcionara, por qué la reincidencia sigue siendo un problema de todos los regímenes penitenciarios. Yo no pude averiguarlo a pesar de mis frecuentes visitas a la cárcel y los diálogos con los internos cuando hice trabajo voluntario en la Cárcel Preventiva de Najayo durante los años 2003-2007 más o menos. Lo que si pude comprobar en tantas conversaciones, es que hubo muchas pelas en las familias de los encarcelados, pero muy poca atención de los padres y madres a las necesidades de afecto de sus hijos cuando estos eran niños.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Aprendizajes

La vida de madre es un pequeño manicomio.

Les confieso que en ocasiones he deseado no tener un trabajo formal, que pueda trabajar desde casa para disfrutar y sufrir a mis anchas mi maternidad. Pero eso no es una posibilidad. La verdad es que el agotamiento habla por mí cuando hago estas reflexiones. Y luego, en un sentimiento bipolar, sueño con el día en que Fernando esté en la escuela y vuelva a tener un espacio del día, las mañanas, para...respirar. Y confieso que este último pensamiento es del que me desdigo más rápido.

Pero para ser sincera uno no se imagina lo que es criar un niño hasta que no lo tiene, sea por que lo engendre o lo adopte. Los niveles de energía, curiosidad, empoderamiento de su individualidad (leáse pataleos) y sus constantes brotes de alegría y euforia amenazan la paciencia de cualquiera. En este punto siempre me pregunto que tan dispuesta estoy de criar desde él y no desde mí. Y el asunto no es tan fácil como decir que sí o que no.

El asunto de enseñar límites, en empatizar con ese pequeño que me roba el corazón pero que en más de una ocasión me pone la capacidad de explotar al límite, es una tarea constante. A veces le grito, a veces le doy una nalgada, a veces solo me queda agarrarlo del piso para que en medio de un pataleo no se de un golpe. Y respirar.

Aprendizajes.

Me detengo y pienso en que también fui una niña de su edad, con pataleos incluidos. Es difícil imaginarse ahí, pero si interrogo a mi madre estoy segura que me dará detalles de mis travesuras, de mi energía y de mis brotes de alegría e euforia.

También lo veo y sé que toda esa energía del "Terremotico", así le dice el padre, es señal de que es un niño feliz, de que es un individuo que se desarrolla con esa normalidad física que deseamos todos los padres del mundo, y que a mí a y a su padre nos toca canalizar, acoger y dar espacio.

Verlo todos los días "saltar con algo nuevo", perseguir y observar cada insecto que se le cruza en el camino, reír a carcajadas mientras ve su programa preferido en Baby TV, escucharlo en un monologo con sus juguetes y otras mil maravillas no solo me enternece, sino que me hace constar lo rápido que pasa el tiempo, lo pronto que cumplirá dos años y lo distinto que es al bebé que cargué por primera vez el 6 de octubre del 2012.

Y lo veo correr y mirarme de lejos, decidir que puede explorar lejos de mí, y sé que ni los brazos ni las tetas, aun lo lacto, han provocado nada de lo que algunos auguraban. Pero también me hace ver que este "Terremotico" es una persona tan diferente a mí, algo que espero no olvidar. Saber que Fernando tiene y tendrá sus propias alas, sus caminos, sus caídas y sus renaceres.

Y todos los días, todos, Fernando me enseña no solo a que hay un momento para sonreír, que puedes aprender a no explotar, a saber que si es posible criarlo desde él a pesar de que a veces me desdiga con un grito o con una nalgada, sino que también me enseña a recordar la olvidada facultad de ver la vida con curiosidad cada día.

Con todo y mi pequeño manicomio.

¿Ven? El me enseña que me puede dar la comida también.