jueves, 3 de marzo de 2016

De psicólogas y el espacio entre el infierno...y el cielo

Fernando jugando con papá.


El asunto empezó algunos meses atrás.

Fernando no habla, o mejor dicho, habla muy poco.

Cuando tenía un poco más de dos años y medio lo llevé por esta razón a una terapeuta del habla, quien me recomendó ponerlo en la escuela, además de anotarme que había puntos de alarma sobre alguna actitudes de mi hijo en relación con el espectro autista.

Lo puse en la escuela.

Seis meses después su vocabulario es mínimo. Pocas palabras, cero oraciones simples. Sí, mi hijo se comunica por señas, señalando con su dedo indice, halándome...de mil formas, pero sus palabras son mínimas.

Una amiga sicologa me recomendó un centro especializado en estos asuntos...

El infierno.

La cita fue en horas de la tarde. Fernando tenia sueño, recuerdo, durmió todo el camino. Cuando llegamos, quedó fascinado con una habitación con juguetes, donde entró sin tardanza. Además de emocionarse al ver a otros niños.

Cuando entramos a la consulta, Fernando saluda chocando las manos a la doctora, según su curriculo, logopeda. El ve juguetes, empieza a jugar. La doctora observa y nos empieza a interrogar.

En medio de todo, mi hijo con sueño se acerca porque quiere que le añoñe, hace el amago de buscar teta...ahí se armó el lío.

La doctora se escandalizó. Le trato de explicar que he tenido una lactancia extensa con mi hijo, que he llevado un destete por etapas, que ya no se la doy en las noches, pero que suele tomar unos minutos en la mañana y, cuando estoy con él en las tardes se añoña con los senos para dormirse, que esa toma no es mayor a unos diez minutos...pero ella no me deja, me interrumpe. "Eso es un problema me dice".

Me quedo callada. Enojada.

Cuando hablamos del tema de dormir, el esposo y yo le explicamos que duerme solo y también con nosotros, que lo pasamos a la cama en la madrugada si despierta, que estábamos preparando su habitación para comenzar a llevarlo allá...al igual que con la lactancia también se escandalizó. "Eso está mal. Es un problema".

Me quedo callada. Enojada.

"Lo quieren tanto que le están haciendo daño".

Me quedo callada. Enojada. Empiezo a llorar.

El esposo me sostiene la mano, me mira. No, no voy a pelear, no voy a discutir. Se supone que estoy frente a una profesional ¿del habla? No sabía que iba a hacer un diagnostico de algo que entendía que no era su área de especialización.

El asunto se puso peor. Cada frase nos culpabilizaba. Y en medio de una rabieta de mi hijo porque ella no lo dejaba acercarse a mí, no lo dejaba jugar como quería (debo confesar aquí que lo puso a recoger lo que regó, asunto que entiendo no está mal) se puso peor...

Le dio tiempo fuera. Me explico. Lo sentó en una silla y tomó un reloj de arena pequeño. "Tiene tres años, son tres minutos". Le atrevesó el brazo para impedirle que se pusiera de pies. Fernando lloraba. Yo no entendía que era todo eso, por qué hacia eso. Lloraba y callé. En un momento Fernando lloró tanto que se quedo ensimismado.

Mi hijo tenía sueño. No la conocía hasta ese día, era una extraña que le impedía ir a mis brazos a añoñarse para dormir.

Nos empezó a hablar de autismo, volvió a decir que nuestro amor lo dañaba...

Creo que fue la primera vez en mi vida que tuve el impulsó de golpear (no abofetear) a alguien. A ella.

Pero seguí llorando, confundida y enojada.

Cuando se terminó la ¿consulta? salí atontada, con un conflicto interno de locura. En un primer momento dije que quizás todo era verdad, que le hacia daño a mi hijo. Que mi destete respetuoso era un problema, que el colecho era un problema.

Los siguientes días estuve deprimida, irritable. Veía a mi hijo con resentimiento, con dolor. Dejé de ser la madre que he sido, me convertí en una que quería mantener lejos a mi hijo porque...le hacia daño.

Con los días empecé a cuestionar todo, a cuestionarme.

Le dije al esposo que no volveríamos a esa consulta. Hablé con un compañero de trabajo, cuyo hijo ha sido diagnosticado con un autismo leve y que al igual que Fernando ha sido lactado de manera prolongada. Me abrió los ojos.

Volví a llamar a la terapista del habla a la que lo llevé cuando tenía dos años y medio.

El cielo.

La primera terapeuta de Fernando me refirió dos estudios. Uno sobre la capacidad auditiva de mi hijo y una referencia a una sicologa clínica infantil. Del primero, todo bien.

El segundo me llevo directo al cielo.

Fuimos donde la sicologa infantil. Desde la entrada el espacio era amigable. La recepcionista hasta le dio masilla a Fernando para jugar, y él tuvo libertad de explorar, saludar, jugar con los niños que estaban en espera con sus padres.

Al entrar al consultorio nos sentamos. Fernando fue directo a tomar juguetes y jugó como quiso. Vi en todo momento a la doctora anotar. Nos hizo preguntas. En algún momento salió el tema de la lactancia, pero no dijo que era un problema, aunque su cara fue de sorpresa, no de juicio ni de reprimenda.

Habló con Fernando, quien la saludó, le pasó juguetes, cumplió ordenes. Hizo dos rabietas. Ella ni se alarmó, ni se volvió loca. Simplemente nos explicó algunos asuntos, como que hablarle en ese momento es algo difícil porque no están en disposición de escuchar, nos dijo cómo poder lidiar con estos episodios, nos habló del carácter de Fernando, de todo lo bueno que tenía, de sus cualidades y actitudes que denotan un estado normal de un niño de su edad. Nos llamó la atención sobre algunos aspectos en su manera de jugar e interactuar que hay que atender. Nos dijo que aunque tenía pocas palabras él si se comunicaba, nos habló de algunas experiencias con otros niños.

No nos dijo que eramos un problema, ni que nuestro amor le hacía daño. Sí nos llamó la atención ante algunos puntos como padres frente a sus rabietas, de cómo manejamos las limitaciones que le ponemos y cómo lo hacemos, de que algunas actitudes de nosotros (no lo percibí hasta que me lo señaló) que refuerzan comportamientos que no lo ayudan a avanzar.

Observó a Fernando, interactuó con él, no le dio tiempo fuera, no lo trató como si fuera un autómata.

No me dijo lo que quería escuchar, pero si lo que necesitaba saber.

Entre una  y otra, del infierno al cielo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario