miércoles, 16 de noviembre de 2016

La ilógica maternidad

Maternidad. Oleo sobre tela. Carolina Estelrich. 
Lo dije sin pensar.

La maternidad no tiene lógica.

Al menos no esa que sigue cierto raciocinios. Y no me malinterpreten. No hablo de lo biológico que nos marca como mujeres y que nos da capacidad física para procrear y parir. Ni de las hormonas que te hacen enamorarte de tu hijo o hija. No. Hablo de ese sentimiento incongruente que vive contigo desde que decides ser madre.

Y cuando lo dije escuchaba a una amiga. A una hermana de la vida que acababa de ser madre, que tuvo un embarazo difícil, que tuvo una cesárea urgente y que su niña estaba bien, pero tenía que estar lejos de ella por varios días. Había seguido todas las indicaciones médicas, puso todo de sí, y gracias a eso su niña estaba ahí, sana. Solo necesitaba unos días.

Pero aun así, esa maternidad ilógica, diría que bipolar, la mantenía en ese no sé que le ahogaba el habla al dar la vuelta y dejar a su niña unos días. Esa que nos enfrentará día a día a esa dos caras de lo que somos después de un hijo y lo que seguimos siendo a pesar del hijo o hija.

Porque eso no se lo dije a mi amiga, pero sé que esa irracionalidad que la sorprendió de golpe y porrazo, que nos sorprende a todas, la ha puesto, y nos pone a todas, en advertencia de que la maternidad no escapa a ningún otra contradicción de nuestras vidas y que, contrario a lo que la publicidad nos anuncia, está hecha de todos los colores y no solo del metafórico y manido color rosa.


miércoles, 5 de octubre de 2016

¿Es suficiente enseñarlos "a ser felices"?

Hoy cumple años Fernando. Cuatro años.

Para la hora que escribo esto, en el año 2012, aun no había parido. Tenía dolores, estaba en casa. Tres horas después tendría a Fernando sobre mi vientre, recién nacido. Pero en ese momento la imaginación no me alcanzaba para entender lo que este viaje de ser madre ha significado en mi vida hasta hoy.

Y con el cumpleaños de Fernando y con este recuerdo en mi cabeza, aflora un tema que tengo semanas dando vueltas.

¿Es suficiente enseñarlos "a ser felices?

No voy a embozar una tesis sobre qué es ser feliz, pero desde mi limitada observación me he dado cuento que la frase lleva una carga de "sentirse satisfecho", "estar bien", "ser pleno". Es un estado muy dirigido al ombligo propio, que es necesario no solo tenerlo, pues indica que naciste, sino de apreciarlo. Pero sucede que la vida no está limitada a nuestros ombligos.

Ser feliz no es suficiente. Enseñar a ser feliz no es suficiente. ¿Por qué?

La vida es un camino azaroso, impredecible en la mayoría de los casos, tenemos una limitada acción sobre los sucesos que nos pueden afectar. Habrá días duros, muy duros, donde no solo no podremos vernos el ombligo, sino que no lo vamos a poder apreciar.

No se puede ser feliz siempre. Habrá momentos de rabia, de dolor, de deseos de acabar con todo, de tristeza, de inapetencia por la vida, de decepción y desánimos.

Si solo me enseñan a ser feliz, si solo me enseñan que debo estar feliz, ¿me están dando herramientas para enfrentar la vida en su amplitud? Creo que no.

A veces somos tan dados a acomodar tanto la vida de quienes amamos que los dejamos inválidos para esos momentos en que se tienen que enfrentar a las adversidades, algo sumamente necesario para no solo ser feliz cuando los días te dan motivos para ello, sino a sostenerse en pies cuando los días nos deparan los momentos duros y difíciles de transitar. Es decir, para ser plenos en las sonrisas y en las lágrimas. Humanos.

Así que en este cuarto cumpleaños de Fernando es lo que deseo: poder enseñarle a ser humanamente pleno, no sólo feliz.


viernes, 5 de agosto de 2016

Semana Mundial de la Lactancia. Mi última historia de lactancia con Fernando

Advertencia para los mojigatos: hay fotos en este artículo en lo que aparece un niño siendo amamantado.



En una línea de tiempo que tengo agregada en el margen derecho de este blog sobre mi viaje de maternidad apunto que la lactancia con Fernando duró tres años, siete meses, tres semanas y dos días. Para ser sincera, se extendió unos días más, pero de algo que si estoy segura es que ha sido una de las mejores experiencias de mi maternidad.

El comienzo fue difícil y lo fue principalmente porque en República Dominicana las clínicas privadas hacen todo lo contrario a lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud y la Unicef: separan a los bebés de sus madres en cuneros, que no tienen ninguna razón de ser; y de paso le dan fórmulas a los recién nacidos, sin consentimiento de la madre, evitando el inicio necesario de una lactancia que debería ser en la primera hora de nacido.

Mi hijo y yo fuimos víctimas de esa práctica, que ni se denuncia ni se busca corregir a pesar de que una ley lo prohíbe y lo castiga. Inicié la lactancia unas 16 horas después de parir. Obviamente a mi hijo le habían dado leche de fórmula. Lograr que se enganchará casi a la primera sin muchos contratiempos inmediatamente lo saqué del cunero fue un gran alivio, a pesar de que solo una enfermera se mostró dispuesta a ayudarme.

Salí de la clínica una hora después, con mi hijo en brazos y una caja de leche de fórmula que no pedí pero me cobraron en la factura de la clínica.

Los primeros días fueron difíciles, por un lado estaba acostumbrándome a un nuevo ritmo de vida con mi hijo recién nacido. Se le dieron varios potes de fórmula, en especial por insistencia del esposo y la suegra. Pero me dije y les dije: el único. Y así fue. Consciente de que podía alimentar a mi hijo, me dedique el primer mes a echar para delante la lactancia: saber que los niños no lacta cada dos horas, sino cada vez que quieran (la leche materna se digiere rápido y sus estómagos son pequeños), aprender a colocarlo en el pezón (las primeras semanas se me laceraron y fue terrible), muchos brazos y cercanías.

El apoyo del esposo, padre de Fernando, fue fundamental. Aunque hubo sus minicrisis (las hormonas y el instinto que crece después que pares y empiezas a amamantar es a veces complicado). Muchas imágenes muestran al hombre ayudando dando biberón y algunos piensan que con la lactancia no ayuda. ¡Para nada! Desde acomodarme con almohadas, traerme un vaso de agua, salir en medio de un aguacero a buscar una pomada para las grietas de mis pezones porque ya no soportaba y se me salían las lágrimas (casi se ahoga en un mega charco), limpiar y organizar. Sin el esposo no hubiese podido salir a flote.

Y bueno, no tengo que detallar comentarios. Desde los que iban sobre "lo estás cargando mucho", hasta los que me señalaban de "loca de la teta". Me puse muy a la defensiva, se les confieso, pero tenía que reaccionar de alguna manera. También hubieron comentarios de apoyo, en especial de mi abuela que amamantó a todos sus hijos, al último de ellos hasta los cuatro años.

Superada las primeras semanas y decidido el colecho, pues ni iba a dejar llorar a mi hijo, y pronto comprendí que a los bebés no se les enseña a dormir y que la lactancia necesita de cercanía, todo fue viento en popa hasta que...

Lactancia y trabajo
Trabajar tarde-noche fue un punto a favor de mi lactancia. Me pasaba todo la mañana con mi hijo y me daba el chance de ordeñarme para dejarle leche. Como no tengo energía eléctrica constante, no pude hacer mi banco de leche materna. Así que a la hora de retomar mi jornada laboral el reto de la lactancia exclusiva hasta los seis meses se me hizo un reto.

Recuerdo que entré a trabajar un 2 de enero. El día antes, en la noche, me ordeñe y guarde entre hielo sin congelar. En la mañana, hice lo mismo. Le dejé unas diez onzas antes de irme. Armada con bolsas para colectar leche materna, un telmo y un pañal desechable que mojé y congelé, me fui a trabajar. Salí ese día reportar, pero en mis momentos de descanso usé el salón para entrevistas para ordeñarme. La leche colectada en el trabajo la metía en la nevera enseguida llegaba.

Fue mi rutina. Unos días más difíciles que otros. En una ocasión me ordeñe dentro de la camioneta en un servicio en un barrio que se extendió mucho.

Lo logré. Seis meses de lactancia exclusiva. Ni agua, ni tés, ni puré, ni compotas. Nada que no fuera leche materna.

Y claro, conté con un jefe inmediato que aunque me relajaba con símiles de "vaca y ordeño", respetó mis descansos para estos fines, uno que está establecido en el Código de Trabajo de la República Dominicana.

Y después los seis meses: prolongada y disfrutada
Me ordeñé en mi trabajo hasta casi el primer año de edad de mi hijo. Aunque muchos no lo crean, pero es así, la producción de leche se regula con la frecuencia de amamantar. Es una regla básica fisiológica de la lactancia: es por demanda, mientras más amamanta el niño, en ese medida se produce leche. Por eso es contraproducente "darles de mamar cada dos horas".

Cuando empecé a introducirle alimentos sólidos (nada de pures) Fernando empezó a tomar menos seno, pero fue a su ritmo, no al mío. No sufrí por eso porque no me resistí. Le daba teta de noche, y como colechabamos (casi al año lo empecé a pasar por periodos a su cuna) la tomaba cuando la quisiera.

A pesar de las constantes criticas, que ya ni me importaban y de las cuales dejé de defenderme, me gozaba mi proceso de lactancia. El lazo con Fernando era tan especial en esos momentos. No hubo nada que oscureciera esos momentos, nada.

Por supuesto que mientras Fernando fue creciendo empezaron las críticas a cambiar de tono. "¿Hasta cuándo le vas a dar teta?", "pero se va a hacer viejo pegado a esa teta"...mi respuesta más frecuente: hasta que mi hijo y yo queramos.

Episodios de lactancia en público tengo algunos, los menos fueron los incómodos, no para mí por supuesto, sino para algunos mojigatos y morbosos. Como mi hijo nunca le gustó que lo taparán, y desde que tuvo fuerza en sus manos y brazos arrojaba cuanto trapo le pusieran encima, inventé una técnica también para estar tranquila: me ponía para salir una blusa de tiritas o franela de tirantes, y sobre ella una camisa, a la hora de lactar dejaba el primer botón de la camisa puesto, desabotonaba los dos siguientes y listo.

Claro, cuando Fernando se fue acercando a los dos años empezaron las preguntas de "¿hasta cuándo?" y ya con un buen tamaño y un buen peso, ya la lactancia nocturna no era muy cómoda empecé a pensar en el destete.

Destete respetado
Fui despacio, aunque a veces me desesperaba. Separar a Fernando de su teta sin que el quisiera del todo no era nada fácil. Empecé el destete nocturno porque era ya la hora en la que se me hacía incomodo.

Desde hablarle de que la teta duerme de noche, hasta pasarme buen rato añoñandolo para que volviera a dormir. Era a veces dos pasos para delante y tres para atrás. Y otras veces dos para atrás y cuatro para delante. Me armé de mucha paciencia, algo que la mayoría de las madres empiezan a cosechar a niveles que antes de tener un niño no podrías creer.

De a poco, Fernando fue entendiendo, con rebeliones incluidas, que había que ir dejando la teta "para que durmiera de noche".

Mientras de día, el tema seguía igual. Le daba teta cuando quisiera, aunque de a poco empecé a distraerlo y así espaciando las tomas.

Con tres años cumplidos empecé a apurar técnicas de distracción, aunque sus tomas no era para nada cercanas a cuando la leche materna era su único alimento.

Recuerdo que a raíz de su primera cita de evaluación por su retraso en el habla, empezó a dormir solo en su habitación, mudanza que previamente fue preparada, hablada y motivada (cambio de colores en la habitación, mobiliario de "niño grande"...). Terminar el colecho no fue nada traumatico y asumió su nuevo espacio encantado (aquí Argénida saca la lengua a todos los que dijeron que nunca, nunca, lo ibamos a sacar de la cama y que "eso los va a afectar como pareja).

Así fueron las cosas hasta que hoy, 5 de agosto y a dos meses de sus cuatro años, Fernando no toma nada de teta.

Nostalgia y un hermoso recuerdo
A veces Fernando me mira las tetas, me abraza, me mira a la cara y me dice: "Teta, ma". Me río. Se que extraña ese lazo. Le digo que no, que el sabe que no más teta. Me abraza otra vez, pone su cabeza sobre una de ellas y me aprieta con una mano la otra o la acaricia un segundo.

Yo también tengo nostalgia de la lactancia de vez en cuando, aunque se me va enseguida que lo cargo y me doy cuenta lo mucho que pasa y lo alto que está.

Puedo decir que de todo lo que me ha ocurrido en mis casi cuatro años como madre de Fernando, la lactancia ha sido un punto vital, hermoso, una especie de secreto a voces de amor entre mi hijo y yo. Eso y que es el asunto más práctico del mundo.

Beneficios
No salía a la calle con agua, leche, biberones...mi carga era ligera, no tenía que preparar, no tenía que pasarme el día hirviendo biberones (Fernando empezó a usar vasitos con asas desde los seis meses).

Y del ahorro, ni contar. Cada vez que voy a supermercado y veo los precios de la leche de fórmula me dan casi desmayos y pienso en la carga económica que significa para una familia pobre tener que alimentar un bebé con esa leche. Y me enojo cuando sé que muchas lactancias se han ido a pique por las prácticas ilegales y contra toda recomendación científica y médica en las clínicas.

Mi hijo tuvo la primera gripe fuerte luego de entrar en el colegio, pasado los dos años y medio de edad. Solo ha tenido dos episodios de diarrea en su vida. No tuvo cólicos (el tema de darle la teta cada vez que la pedía de recién nacido fue un total acierto en esto, si los bebés duran mucho con el estomago vacio porque los pediatras -la mayoría no sabe absolutamente nada de lactancia- dice que es cada "dos horas"...es la receta para el cólico seguro), y nunca ha tomado vitaminas o complementos (en eso influye mucho el tema de una variada alimentación complementaria después de los seis meses de edad)

Y no, no lo vayan a pensar, no soy mejor madre porque lacté a mi hijo más de tres años. No. Pero les puedo asegurar que decidir lactar ha sido una de las mejores decisiones que he tomado como madre.

Si vas a ser madre, si piensas serlo, si casi lo eres, piénsalo. Los beneficios en tu salud, en la de tu bebé y en tu economía son incalculables.

Se puede. Hay apoyo y ayuda para lograrlo.



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viernes, 17 de junio de 2016

Caminos para hablar

Creo que en alguna vez mencioné aquí mi preocupación por el retardo del habla de mi hijo.

Fue la razón por lo que lo inscribí el año pasado en la escuela. El habla no avanzó. Por esa razón fui a una consulta con una sicologa infantil.

La sospecha: el espectro autista. Se hicieron evaluaciones. Se detuvieron las evaluaciones. Se recomendó ir a terapia primero antes de un diagnóstico definitivo.

Fernando, mi hijo, dice cosas. Mamá, jugo...nada de construcciones complejas, pero cuenta del uno al quince en inglés, dice los colores en inglés, deletrea en inglés y tiene un lenguaje de "trasapapadadada papapa prisch..." o algo así. A veces toma los libros que tiene y empieza con este idioma a "leer las líneas".

Ha avanzado mucho.

Confieso que es difícil como madre enfrentar algún problema de desarrollo con tus hijos. La primera etapa es dura, pero no hay nada como buscar ayuda a tiempo. Mucha gente me ha dicho "hablará cuando quiera", "tu primo no hablaba nada hasta los cuatro años". Pero he preferido otro camino, el de la acción. Pienso que cualquier intervención mientras más temprano mejor.

Hay tristeza, claro, una prefiere siempre que todo marche sobre ruedas, sean estas en especial las ruedas que imaginaste que fueran y que rueden en el sentido que te imaginaste, pero la maternidad suele tener la tendencia a ser lo que menos esperas.

No contaré el proceso de la terapia porque prefiero guardar esos detalles, pero sin lugar a dudas es la mejor decisión que tomé ante el retardo del habla de mi hijo, y he caído en buenas manos.

Con este proceso he aprendido a vivir el día a día, a pesar de los temores que siempre los habrá.

Y me permito un consejo, ante cualquier situación en que crean que algo no va bien, busquen ayuda, en especial con referencia adecuada. Lo demás es seguir amando.