viernes, 26 de enero de 2018

Sobrevivir en tu carne

La perspectiva es inevitable en la vida. Cualquier plan, proyecto o meta se alimenta de ello, de ese mirar futuro lleno de ilusión, pero también matizado por nuestros sesgos, prejuicios, deseos y realidades.

La perspectiva es soñar.

Ser padres y madres no escapa de eso. Ponemos en perspectiva nuestros deseos sobre ese niño o niña. No es malo, claro que no, pero si alimentamos sin control ese deseo no solo nos va a devorar, sino que convertiremos a ese niño o niña en un presa destinada a ser devorada.

En mí primó el deseo de no desear más allá que salud y amor para mi hijo. La salud es un tema en que mis deseos no han sido del todo correspondidos. El amor, por el contrario, ha sido superado en mis deseos. Sin embargo, mi hijo es una presa, pero no de su padre ni de mí, sino de ese circulo  alrededor que antepone deseos, proyecta perspectivas, sobre mi hijo.

Conozco esa sensación en carne propia. Y observo, con dolor y a veces con hastío, como mi hijo también la sentirá.

No, no sueño con proteger a mi hijo de todo y de todos. Mi amor hacia él es grande pero limitado. La primera conciencia que tuve al ser madre es que mi hijo no me pertenecía, por más egoísta que fue la decisión de tenerlo. Y pensar en ello en principio es una lucha, una contradicción al deseo, a la perspectiva. Pero algo me ayudó a entenderme en esa lucha: mi hijo no es un plan, ni un proyecto, ni una meta.

Mi hijo es quien es, desde lo que es, a pesar de lo que desee yo u otra persona.

Mi mayor lucha, entonces, ha sido sobrellevar las perspectivas de los demás entorno a mi hijo, lo que incluye las comparaciones con otros niños en parecidas o distintas situaciones (no, la gente nunca entiende que ningún niño es igual a otro, aun siendo hermanos, aun siendo gemelos, aun teniendo la misma enfermedad, color de ojos...y un largo ecetera). Esto también incluye desplantes, comentarios diversos, algunos hirientes, recriminaciones, desdén... y por el bien del entorno decides pasar estas "atenciones" por alto, aunque te hagan mella.

La cuestión ahora, mi cuestión, en enseñarle a mi hijo de alguna manera a sobrevivir a todo eso, que estará siempre en su vida, porque aunque sus padres no asuman proyecciones exageradas y presiones fuera de lugar sobre él, otros lo harán, y lo compararán, y lo menospreciarán, y no lo comprenderán.

Confiar en mi hijo. ¿Se confían en los hijos? Pues sí, confió en mi hijo, y el amor hacia él que me enseñó, primero, a renunciar a su ilusoria posesión, y en la medida del tiempo también me enseñó a despedir el deseo y la perspectiva idealizada del hijo, y enterrar a ese hijo idealizado entre lágrimas y duelo, y me enseñó a esperar "al tercer día" su resurrección en el hijo real que me abraza. me mira a los ojos, que dice "mamá" o "mami", que llega a mi casa jugando a buscarme y me abraza cuando me encuentra, y que de a poco se descubre ante mí, ante los demás, aunque muchos de esos demás quieren que sea otro que no es, y siguen amarrados al deseo, a sus perspectivas, a sus comparaciones, a sus comentarios, algunos hirientes, a sus recriminaciones...

Lo lamento por ellos, en cierta manera, porque se pierden al niño que es mi hijo, al real, y creo que algunos nunca tendrán la suerte de conocerlo.

Y si es como dice su padre, el esposo, que tiene mi carácter, entonces pasará lo que pasó conmigo.

Sobrevivirá en su carne. 

jueves, 5 de octubre de 2017

Cinco años

Fernando cumple cinco años.

Mucho que decir de este viaje con mi hijo desde que nació, algo que creo estoy logrando con un poemario que trato de escribir sobre esta experiencia.

Sin duda, estoy feliz. Verlo crecer, saberlo fuerte, retador, afanoso en superar sus propios límites me pone aire bajo las alas.

Les comparto un fragmento de un poema que escribo y que se llama "Voz en el desierto", y que habla de la llegada de Fernando a mi vida.



"Dejo dicho/quizás lo necesites en una noche sin luna/que primero fue mi mano en tu espalda pequeña/que segundo, tus ojos en mis ojos asustados/que tercero, tu puño en mi dedo índice izquierdo/y luego/mis huesos pulverizados y vueltos a formar".

lunes, 28 de agosto de 2017

Llegar, quedarse

Me imita leyendo. La foto la tomó su papá, el esposo.
Fernando volvió hoy a la guardería. Nos pasamos la semana diciéndole que volvía en las tardes a la guardería, para prepararlo, porque nos han advertido de la resistencia de los cambios.
Cuando llegamos a la puerta se despidió de su papá con un beso, y caminó delante de mí. 

- ¿Dónde estamos?"
- Cuel
- En la escuela.

"¡Llegó Fernando!", gritaron los amiguitos cuando lo vieron. Se abrazó de la cuidadora. No vi su rostro ante el saludo de sus compañeros, pues estaba de espalda, pero se acercó al grupo. 

- Bye, Fernando. Mamá se va.
- Bye, mamá.

Me da un beso en la mejilla. Se quito las zapatillas, y regresó a su grupo. Sin llantos ni extrañezas.

Es la guardería de siempre. No lo cambiamos de colegio. Y creo que ha sido la mejor decisión.

lunes, 24 de julio de 2017

¿Vacaciones estructuradas?


Llenando su improvisada piscina.
El que tiene un hijo en cualquier terapia relacionada con conducta o alguna condición especial ha escuchado muchas veces la palabra estructura. Y esta palabra define, al parecer, mucho de lo que se hace con el niño o niña en sus terapias.

Y aunque no se mencione la palabra, es un hecho que también hay un tema de estructura para todos los niños: hora de levantarse, de desayunar, de comer, de dormir...

Hace tres semanas, la terapista de mi hijo me pregunta si lo voy a inscribir en un campamento infantil en sus vacaciones.

Le digo que no, que no tenemos para pagar un campamento.

Me dice que no es bueno que no tenga estructuras en sus vacaciones...

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¿Vacaciones estructuradas?

Hace años que está el tema de los campamentos. Algo que no es malo, pero que al parecer va convirtiéndose en una especie de necesidad familiar para la clase media, en especial porque no siempre tienes vacaciones junto a tus hijos, y de paso no tienes con quien dejarlos, o donde dejarlos, mientras trabajas porque las escuelas están cerradas.

Y claro, los campamentos tiene horarios, actividades programadas.

Entiendo que unos padres que no tengan ayuda para cuidar a su hijo por un mes y medio no tengan otro camino que los campamentos, que tampoco es que son muy baratos, hay hasta opciones de prestamos para pagarlos.

Pero me pregunto, ¿las vacaciones ya no son vacaciones? ¿También deben seguir estructuras cuando se supone que es un tiempo de ser algo libres de ellas? ¿Ya los niños y niñas no deben aburrirse?

Recuerdo mis tiempos de aburrimiento vacacional, leyendo, viendo televisión, correteando, en casa del abuelo, con escasos paseos, pero paseos al fin, o a las actividades de la iglesia. Nunca tuve clases extracurriculares durante el año escolar. No fui a clase de ballet, ni de música, ni de nada. No había ni dinero para ello, ni cultura de mandar niños a un campamento.

Con 20 años fui voluntaria en un campamento de niños en la iglesia. ¡Una gran responsabilidad! Desde esa época he visto como se ha ido normalizando el tema de los campamentos. Nada malo tienen, pero me preocupa eso de que los niños siempre tenga que cumplir horarios, estructuras.

¿No los estaremos preparando para que no sepan apreciar su tiempo libre? ¿Para que siempre tenga la imperiosa necesidad de cumplir horarios, compromisos, estructuras?

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Fernando, fuera de la condición por la que debe tomar terapias, es un niño. Y un niño que también va la escuela, que cumple horarios.

No niego que en estas vacaciones he deseado más de una vez tenerlo en un campamento, o de devolverlo con la cigüeña, pero a veces lo veo inventar, explorar, encaramarse, pedir que quiere jugar con la pelota  y entiendo que esa otra estructura es necesaria: la de disponer el tiempo sin horarios para ser y hacer...aunque eso signifique sudar y agitarme detrás de él.

Para eso también se es madre, para desesctructurarse la vida.