viernes, 24 de febrero de 2017

A tu hijo/hija le llega su tiempo

El tiempo pasa y con frecuencia decimos que pasa volando. Mi amiga Yolanda suele decir que hagas o no hagas, el tiempo pasa como quiera. Pero el tiempo no solo pasa para nosotros, también lo hace para los demás, y para nuestros hijos.

Cuando nacen, cuando vemos a ese bebé pequeñito que depende de nosotros nos sentimos de muchas maneras. Grandes, pequeños, desbordados, incoherentes, inmensos, asustados, felices... Ahí estamos y vamos tomando distintas lecciones sobre ese papel sin guía que asumimos como padres, aunque solemos fallar con frecuencia en un asunto particular, más en esta época: el tiempo que pasa.

Son pequeñitos y queremos que crezcan rápido, luego nos come la nostalgia cuando (es irremediable) el tiempo les pasa y ya no son bebés. Nos perdemos su presente deseando "librarnos" de esa trajín de los primeros meses, de la dependencia de nuestros hijos, y luego andamos teorizando de como "alimentar su independencia", y posiblemente nos quejamos cuando ya no necesitan de nosotros como antes. Vamos de un lado a otro con el tiempo, y en el camino a veces los empujamos a que también aceleren, lleguen donde queremos que estén...para nuestra conveniencia, a pesar de que no lo reconozcamos.

Y sí, es difícil a veces. No solo es la propia presión que le pones el tiempo, que pasa como quiera, sino el te pone la gente, familiares, amigos, desconocidos. Y van desde los temas del tiempo que das teta, de cuándo dormirán en su habitación y cuándo dejarán los pañales. 

Esos primeros meses con Fernando. Todo tan confuso, pero también tan feliz, tan descubrimiento, tan desbordado. Tomé decisiones que muchos no aprobaban y pensé desde el primer momento en el tiempo. No quería que corriera, quería que pasará pero sin hacerlo huir. 

Pero llegaron esos apuros, de la dormida, de los pañales. Raro que cuando me empecé a preocupar por la falta de habla de mi hijo, la mayoría que me apuraba con lo otro me decía "hablará a su tiempo". 

En medio de ese remolino de tiempo y presión, aparecieron las sabías palabras de la tía Charo, la tía de mi esposo: "Los niños tienen su momento. Lo hacen a su momento". Entonces me calmé. Y mientras llevaba a mi hijo con tres años cumplidos a sus primeras terapías decidió él que era tiempo de orinar sin ayuda. No lo hizo cuando quise, ni cuando lo ataque, sino cuando estaba listo. Claro, le había enseñado que era ir a hacer pis, había visto y veía a su papá en ello, pero lo hizo a su tiempo, me parece. ¿Un tema de madurez? Lo creo. 

Después de este episodio le tome la palabra literal a la tía Charo con lo demás. Meses antes del tema de no usar pañales por el tema de la orina habíamos hecho la mudanza a su habitación, lo he comentado antes. No hubo apuros con eso. Hoy se levanta en las madrugadas, y como no le teme a la oscuridad (no se lo enseñamos...) viene caminando desde su habitación a la de nosotros, se sube a la cama, se acomoda entre nosotros y se arropa...y me abraza. Disfruto mucho eso.

Y luego llegó lo otro, no hace tanto...después de meses de decirle cómo y dónde se hacia "el número dos", de perseguirlo con una bacenilla, resulta que un día fue al baño, tomó el adaptador que compré hace dos años y se sentó. Listo. Y lo ha seguido haciendo sin mayor contratiempo. 

Nunca avergoncé a Fernando por el tema de ir al baño. Me ha tocado ver a padres ser duros con eso, tan duros que delante de otras personas señalan a los hijos como "malos" porque esa razón, por la vergüenza he oído decir.

Agradezco a la tía Charo por enseñarme una de las lecciones más valiosas como madre: el tiempo que pasa y que trae cada cosa a su momento. Y es bajo ese regalo del tiempo que pasa que podemos tener y dejar ir, y en ese tener que va rápido aprendemos a soltar los lazos.

Porque a todo le llega su tiempo.

Fernando y sus carritos.


lunes, 2 de enero de 2017

Los "diferentes"

Foto tomada de www.decorablog.com

Finalicé el 2016 con ocho meses de terapia con Fernando.

Todo va para mejor. Todo parece avanzar. Y desde el bunker de mi maternidad sonrío con alegría, con alivio, con esperanza en la misma medida en que me he quebrado durante este trayecto, quebraderos que han incluido las autocuestiones sobre las diferencias.

¿Por qué mi hijo necesita terapias? La respuesta es obvia para mí y mi familia, la cercana. No es algo que me pese, o me atormente, Pero la pregunta la hago no en relación a mi hijo, sino frente a todos los demás. ¿Es lo que lo hace diferente? ¿Por qué el adjetivo es necesario?

Junto a Fernando y sus terapias he conocido a otras familias y a otros niños. Me pregunto si se hacen la misma pregunta.

Entonces me recuerdo sentada en esa escalera de madera, haciendo tareas, o leyendo por alguna esquina, mientras mis hermanos hacían otras cosas tan distintas a mí como el día de la noche. Hermanos de la misma madre, del mismo padre. Íbamos a la misma escuela, tuvimos en los primeros años de primaria los mismos profesores, jugábamos en el mismo patio. Y entre nosotros, las diferencias marcadas, que fueron creciendo y creciendo con los años y dejándonos solo los recuerdos comunes como puentes, eso y el amor que nos une, a pesar de cualquier pesar.

Y desde que tengo memoria recuerdo las diferencias entre todos los que he conocido, he amado, me han amado, y amo. Las físicas, las intelectuales, las ideológicas, las de las decisiones y los hechos, de las acciones.

Me atrevo a decir que los que nos hace cercanos son las diferencias.

¿Contradictorio? Es probable. También es un pensamiento positivo, consolador y que dentro lleva una bomba de tiempo. Porque lo que nos acerca en las diferencias también nos aleja.

Va, entonces, la cuestión nueva.

La distancia suficiente para hacernos individuos y colectividad. Un ejercicio diario y difícil. A las madres nos cuesta. El lazo es fuerte, pero ir soltando es no solo imperioso, sino inevitable, y una manera de ejercitar la equidistante diferencia que nos hace individuos y colectivo, a la vez.

Porque todos necesitamos ser diferentes, aunque no lo entendamos del todo.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La ilógica maternidad

Maternidad. Oleo sobre tela. Carolina Estelrich. 
Lo dije sin pensar.

La maternidad no tiene lógica.

Al menos no esa que sigue cierto raciocinios. Y no me malinterpreten. No hablo de lo biológico que nos marca como mujeres y que nos da capacidad física para procrear y parir. Ni de las hormonas que te hacen enamorarte de tu hijo o hija. No. Hablo de ese sentimiento incongruente que vive contigo desde que decides ser madre.

Y cuando lo dije escuchaba a una amiga. A una hermana de la vida que acababa de ser madre, que tuvo un embarazo difícil, que tuvo una cesárea urgente y que su niña estaba bien, pero tenía que estar lejos de ella por varios días. Había seguido todas las indicaciones médicas, puso todo de sí, y gracias a eso su niña estaba ahí, sana. Solo necesitaba unos días.

Pero aun así, esa maternidad ilógica, diría que bipolar, la mantenía en ese no sé que le ahogaba el habla al dar la vuelta y dejar a su niña unos días. Esa que nos enfrentará día a día a esa dos caras de lo que somos después de un hijo y lo que seguimos siendo a pesar del hijo o hija.

Porque eso no se lo dije a mi amiga, pero sé que esa irracionalidad que la sorprendió de golpe y porrazo, que nos sorprende a todas, la ha puesto, y nos pone a todas, en advertencia de que la maternidad no escapa a ningún otra contradicción de nuestras vidas y que, contrario a lo que la publicidad nos anuncia, está hecha de todos los colores y no solo del metafórico y manido color rosa.


miércoles, 5 de octubre de 2016

¿Es suficiente enseñarlos "a ser felices"?

Hoy cumple años Fernando. Cuatro años.

Para la hora que escribo esto, en el año 2012, aun no había parido. Tenía dolores, estaba en casa. Tres horas después tendría a Fernando sobre mi vientre, recién nacido. Pero en ese momento la imaginación no me alcanzaba para entender lo que este viaje de ser madre ha significado en mi vida hasta hoy.

Y con el cumpleaños de Fernando y con este recuerdo en mi cabeza, aflora un tema que tengo semanas dando vueltas.

¿Es suficiente enseñarlos "a ser felices?

No voy a embozar una tesis sobre qué es ser feliz, pero desde mi limitada observación me he dado cuento que la frase lleva una carga de "sentirse satisfecho", "estar bien", "ser pleno". Es un estado muy dirigido al ombligo propio, que es necesario no solo tenerlo, pues indica que naciste, sino de apreciarlo. Pero sucede que la vida no está limitada a nuestros ombligos.

Ser feliz no es suficiente. Enseñar a ser feliz no es suficiente. ¿Por qué?

La vida es un camino azaroso, impredecible en la mayoría de los casos, tenemos una limitada acción sobre los sucesos que nos pueden afectar. Habrá días duros, muy duros, donde no solo no podremos vernos el ombligo, sino que no lo vamos a poder apreciar.

No se puede ser feliz siempre. Habrá momentos de rabia, de dolor, de deseos de acabar con todo, de tristeza, de inapetencia por la vida, de decepción y desánimos.

Si solo me enseñan a ser feliz, si solo me enseñan que debo estar feliz, ¿me están dando herramientas para enfrentar la vida en su amplitud? Creo que no.

A veces somos tan dados a acomodar tanto la vida de quienes amamos que los dejamos inválidos para esos momentos en que se tienen que enfrentar a las adversidades, algo sumamente necesario para no solo ser feliz cuando los días te dan motivos para ello, sino a sostenerse en pies cuando los días nos deparan los momentos duros y difíciles de transitar. Es decir, para ser plenos en las sonrisas y en las lágrimas. Humanos.

Así que en este cuarto cumpleaños de Fernando es lo que deseo: poder enseñarle a ser humanamente pleno, no sólo feliz.