viernes, 5 de agosto de 2016

Semana Mundial de la Lactancia. Mi última historia de lactancia con Fernando

Advertencia para los mojigatos: hay fotos en este artículo en lo que aparece un niño siendo amamantado.



En una línea de tiempo que tengo agregada en el margen derecho de este blog sobre mi viaje de maternidad apunto que la lactancia con Fernando duró tres años, siete meses, tres semanas y dos días. Para ser sincera, se extendió unos días más, pero de algo que si estoy segura es que ha sido una de las mejores experiencias de mi maternidad.

El comienzo fue difícil y lo fue principalmente porque en República Dominicana las clínicas privadas hacen todo lo contrario a lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud y la Unicef: separan a los bebés de sus madres en cuneros, que no tienen ninguna razón de ser; y de paso le dan fórmulas a los recién nacidos, sin consentimiento de la madre, evitando el inicio necesario de una lactancia que debería ser en la primera hora de nacido.

Mi hijo y yo fuimos víctimas de esa práctica, que ni se denuncia ni se busca corregir a pesar de que una ley lo prohíbe y lo castiga. Inicié la lactancia unas 16 horas después de parir. Obviamente a mi hijo le habían dado leche de fórmula. Lograr que se enganchará casi a la primera sin muchos contratiempos inmediatamente lo saqué del cunero fue un gran alivio, a pesar de que solo una enfermera se mostró dispuesta a ayudarme.

Salí de la clínica una hora después, con mi hijo en brazos y una caja de leche de fórmula que no pedí pero me cobraron en la factura de la clínica.

Los primeros días fueron difíciles, por un lado estaba acostumbrándome a un nuevo ritmo de vida con mi hijo recién nacido. Se le dieron varios potes de fórmula, en especial por insistencia del esposo y la suegra. Pero me dije y les dije: el único. Y así fue. Consciente de que podía alimentar a mi hijo, me dedique el primer mes a echar para delante la lactancia: saber que los niños no lacta cada dos horas, sino cada vez que quieran (la leche materna se digiere rápido y sus estómagos son pequeños), aprender a colocarlo en el pezón (las primeras semanas se me laceraron y fue terrible), muchos brazos y cercanías.

El apoyo del esposo, padre de Fernando, fue fundamental. Aunque hubo sus minicrisis (las hormonas y el instinto que crece después que pares y empiezas a amamantar es a veces complicado). Muchas imágenes muestran al hombre ayudando dando biberón y algunos piensan que con la lactancia no ayuda. ¡Para nada! Desde acomodarme con almohadas, traerme un vaso de agua, salir en medio de un aguacero a buscar una pomada para las grietas de mis pezones porque ya no soportaba y se me salían las lágrimas (casi se ahoga en un mega charco), limpiar y organizar. Sin el esposo no hubiese podido salir a flote.

Y bueno, no tengo que detallar comentarios. Desde los que iban sobre "lo estás cargando mucho", hasta los que me señalaban de "loca de la teta". Me puse muy a la defensiva, se les confieso, pero tenía que reaccionar de alguna manera. También hubieron comentarios de apoyo, en especial de mi abuela que amamantó a todos sus hijos, al último de ellos hasta los cuatro años.

Superada las primeras semanas y decidido el colecho, pues ni iba a dejar llorar a mi hijo, y pronto comprendí que a los bebés no se les enseña a dormir y que la lactancia necesita de cercanía, todo fue viento en popa hasta que...

Lactancia y trabajo
Trabajar tarde-noche fue un punto a favor de mi lactancia. Me pasaba todo la mañana con mi hijo y me daba el chance de ordeñarme para dejarle leche. Como no tengo energía eléctrica constante, no pude hacer mi banco de leche materna. Así que a la hora de retomar mi jornada laboral el reto de la lactancia exclusiva hasta los seis meses se me hizo un reto.

Recuerdo que entré a trabajar un 2 de enero. El día antes, en la noche, me ordeñe y guarde entre hielo sin congelar. En la mañana, hice lo mismo. Le dejé unas diez onzas antes de irme. Armada con bolsas para colectar leche materna, un telmo y un pañal desechable que mojé y congelé, me fui a trabajar. Salí ese día reportar, pero en mis momentos de descanso usé el salón para entrevistas para ordeñarme. La leche colectada en el trabajo la metía en la nevera enseguida llegaba.

Fue mi rutina. Unos días más difíciles que otros. En una ocasión me ordeñe dentro de la camioneta en un servicio en un barrio que se extendió mucho.

Lo logré. Seis meses de lactancia exclusiva. Ni agua, ni tés, ni puré, ni compotas. Nada que no fuera leche materna.

Y claro, conté con un jefe inmediato que aunque me relajaba con símiles de "vaca y ordeño", respetó mis descansos para estos fines, uno que está establecido en el Código de Trabajo de la República Dominicana.

Y después los seis meses: prolongada y disfrutada
Me ordeñé en mi trabajo hasta casi el primer año de edad de mi hijo. Aunque muchos no lo crean, pero es así, la producción de leche se regula con la frecuencia de amamantar. Es una regla básica fisiológica de la lactancia: es por demanda, mientras más amamanta el niño, en ese medida se produce leche. Por eso es contraproducente "darles de mamar cada dos horas".

Cuando empecé a introducirle alimentos sólidos (nada de pures) Fernando empezó a tomar menos seno, pero fue a su ritmo, no al mío. No sufrí por eso porque no me resistí. Le daba teta de noche, y como colechabamos (casi al año lo empecé a pasar por periodos a su cuna) la tomaba cuando la quisiera.

A pesar de las constantes criticas, que ya ni me importaban y de las cuales dejé de defenderme, me gozaba mi proceso de lactancia. El lazo con Fernando era tan especial en esos momentos. No hubo nada que oscureciera esos momentos, nada.

Por supuesto que mientras Fernando fue creciendo empezaron las críticas a cambiar de tono. "¿Hasta cuándo le vas a dar teta?", "pero se va a hacer viejo pegado a esa teta"...mi respuesta más frecuente: hasta que mi hijo y yo queramos.

Episodios de lactancia en público tengo algunos, los menos fueron los incómodos, no para mí por supuesto, sino para algunos mojigatos y morbosos. Como mi hijo nunca le gustó que lo taparán, y desde que tuvo fuerza en sus manos y brazos arrojaba cuanto trapo le pusieran encima, inventé una técnica también para estar tranquila: me ponía para salir una blusa de tiritas o franela de tirantes, y sobre ella una camisa, a la hora de lactar dejaba el primer botón de la camisa puesto, desabotonaba los dos siguientes y listo.

Claro, cuando Fernando se fue acercando a los dos años empezaron las preguntas de "¿hasta cuándo?" y ya con un buen tamaño y un buen peso, ya la lactancia nocturna no era muy cómoda empecé a pensar en el destete.

Destete respetado
Fui despacio, aunque a veces me desesperaba. Separar a Fernando de su teta sin que el quisiera del todo no era nada fácil. Empecé el destete nocturno porque era ya la hora en la que se me hacía incomodo.

Desde hablarle de que la teta duerme de noche, hasta pasarme buen rato añoñandolo para que volviera a dormir. Era a veces dos pasos para delante y tres para atrás. Y otras veces dos para atrás y cuatro para delante. Me armé de mucha paciencia, algo que la mayoría de las madres empiezan a cosechar a niveles que antes de tener un niño no podrías creer.

De a poco, Fernando fue entendiendo, con rebeliones incluidas, que había que ir dejando la teta "para que durmiera de noche".

Mientras de día, el tema seguía igual. Le daba teta cuando quisiera, aunque de a poco empecé a distraerlo y así espaciando las tomas.

Con tres años cumplidos empecé a apurar técnicas de distracción, aunque sus tomas no era para nada cercanas a cuando la leche materna era su único alimento.

Recuerdo que a raíz de su primera cita de evaluación por su retraso en el habla, empezó a dormir solo en su habitación, mudanza que previamente fue preparada, hablada y motivada (cambio de colores en la habitación, mobiliario de "niño grande"...). Terminar el colecho no fue nada traumatico y asumió su nuevo espacio encantado (aquí Argénida saca la lengua a todos los que dijeron que nunca, nunca, lo ibamos a sacar de la cama y que "eso los va a afectar como pareja).

Así fueron las cosas hasta que hoy, 5 de agosto y a dos meses de sus cuatro años, Fernando no toma nada de teta.

Nostalgia y un hermoso recuerdo
A veces Fernando me mira las tetas, me abraza, me mira a la cara y me dice: "Teta, ma". Me río. Se que extraña ese lazo. Le digo que no, que el sabe que no más teta. Me abraza otra vez, pone su cabeza sobre una de ellas y me aprieta con una mano la otra o la acaricia un segundo.

Yo también tengo nostalgia de la lactancia de vez en cuando, aunque se me va enseguida que lo cargo y me doy cuenta lo mucho que pasa y lo alto que está.

Puedo decir que de todo lo que me ha ocurrido en mis casi cuatro años como madre de Fernando, la lactancia ha sido un punto vital, hermoso, una especie de secreto a voces de amor entre mi hijo y yo. Eso y que es el asunto más práctico del mundo.

Beneficios
No salía a la calle con agua, leche, biberones...mi carga era ligera, no tenía que preparar, no tenía que pasarme el día hirviendo biberones (Fernando empezó a usar vasitos con asas desde los seis meses).

Y del ahorro, ni contar. Cada vez que voy a supermercado y veo los precios de la leche de fórmula me dan casi desmayos y pienso en la carga económica que significa para una familia pobre tener que alimentar un bebé con esa leche. Y me enojo cuando sé que muchas lactancias se han ido a pique por las prácticas ilegales y contra toda recomendación científica y médica en las clínicas.

Mi hijo tuvo la primera gripe fuerte luego de entrar en el colegio, pasado los dos años y medio de edad. Solo ha tenido dos episodios de diarrea en su vida. No tuvo cólicos (el tema de darle la teta cada vez que la pedía de recién nacido fue un total acierto en esto, si los bebés duran mucho con el estomago vacio porque los pediatras -la mayoría no sabe absolutamente nada de lactancia- dice que es cada "dos horas"...es la receta para el cólico seguro), y nunca ha tomado vitaminas o complementos (en eso influye mucho el tema de una variada alimentación complementaria después de los seis meses de edad)

Y no, no lo vayan a pensar, no soy mejor madre porque lacté a mi hijo más de tres años. No. Pero les puedo asegurar que decidir lactar ha sido una de las mejores decisiones que he tomado como madre.

Si vas a ser madre, si piensas serlo, si casi lo eres, piénsalo. Los beneficios en tu salud, en la de tu bebé y en tu economía son incalculables.

Se puede. Hay apoyo y ayuda para lograrlo.



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viernes, 17 de junio de 2016

Caminos para hablar

Creo que en alguna vez mencioné aquí mi preocupación por el retardo del habla de mi hijo.

Fue la razón por lo que lo inscribí el año pasado en la escuela. El habla no avanzó. Por esa razón fui a una consulta con una sicologa infantil.

La sospecha: el espectro autista. Se hicieron evaluaciones. Se detuvieron las evaluaciones. Se recomendó ir a terapia primero antes de un diagnóstico definitivo.

Fernando, mi hijo, dice cosas. Mamá, jugo...nada de construcciones complejas, pero cuenta del uno al quince en inglés, dice los colores en inglés, deletrea en inglés y tiene un lenguaje de "trasapapadadada papapa prisch..." o algo así. A veces toma los libros que tiene y empieza con este idioma a "leer las líneas".

Ha avanzado mucho.

Confieso que es difícil como madre enfrentar algún problema de desarrollo con tus hijos. La primera etapa es dura, pero no hay nada como buscar ayuda a tiempo. Mucha gente me ha dicho "hablará cuando quiera", "tu primo no hablaba nada hasta los cuatro años". Pero he preferido otro camino, el de la acción. Pienso que cualquier intervención mientras más temprano mejor.

Hay tristeza, claro, una prefiere siempre que todo marche sobre ruedas, sean estas en especial las ruedas que imaginaste que fueran y que rueden en el sentido que te imaginaste, pero la maternidad suele tener la tendencia a ser lo que menos esperas.

No contaré el proceso de la terapia porque prefiero guardar esos detalles, pero sin lugar a dudas es la mejor decisión que tomé ante el retardo del habla de mi hijo, y he caído en buenas manos.

Con este proceso he aprendido a vivir el día a día, a pesar de los temores que siempre los habrá.

Y me permito un consejo, ante cualquier situación en que crean que algo no va bien, busquen ayuda, en especial con referencia adecuada. Lo demás es seguir amando.

viernes, 27 de mayo de 2016

Maternidad: Lo que soñamos, lo que vivimos

"La madre y el reo", Fernando Peñá Defilló (dominicano. 1928-2016).
Imagen tomada de la edición digital del periódico Hoy. Ver el artículo aquí

No sé cuando empecé a hacerlo, pero sé que fue mucho antes de pensar en ser madre (pensarlo como una posibilidad concreta) y después de iniciar mi carrera como periodista.

Cada muerto, cada hombre o mujer en el banquillo de acusados en un tribunal, cada ladrón, cada víctima, cada discapacitado, cada joven, cada niño, cada mujer y hombre deambulando en las calles, perdidos en sus delirios...me desembocaban en una afirmación: son hijos de una madre.

Esta afirmación siempre ha sido la llave de la incertidumbre sobre la maternidad, esa que se nos idealiza tanto, que se nos compone de tantas maneras, que nos trastoca la vida, para bien y para mal, que nos vuelve otras, hasta cuando no es posible ser  madre, hasta cuando no se quiere ser madre. La llave de esa relación biológica que transciende en un hijo o hija, que son tan de nosotras como ajenos.

Porque sí, porque en cada situación desconcertante frente a un ser humano me planteo lo mismo, la certeza de la maternidad como cielo e infierno,  tan presente además desde que soy madre, desde que Fernando es parte de mi vida. Lo que dividió la maternidad soñada a la maternidad vivida.

Soñar

Tuve la suerte de decidir ser madre cuando quise y como quise. Muchas, muchísimas, no tienen esa opción. Muchas son madres por el peso de las circunstancias, de la costumbre, de la violencia, del miedo.

Pero casi todas nos permitimos soñar con la maternidad, y hasta en las situaciones más adversas de esa maternidad somos capaces de construir un sueño sobre ella, un ideal. ¿Bueno o malo? No lo sé, pero diría que se nos hace indispensable, una especie de bote salvavidas ante un futuro que nunca se conoce.

Ahí vamos, las que planeamos la maternidad, las que nos llega como un susto, las que se nos plantea en solitario, la que nos obligan, las que no tienen salida. Y también las maternidades combinadas con todo lo demás, con un poco de todo lo que acabo de describir, un elemento más o un elemento menos.

Nos acariciamos la panza, nos acariciamos el sueño del niño que no llega o del que llega por una vía que no es nuestro vientre. Pensamos en rostros, se nos acumula la idealización de los juegos de niñas en la que eramos madres de las muñecas, la imagen de la madre que nos acunó, o que nos besó, o que no estuvo pero la inventamos. Se nos abren los huecos.

Luego, ahí está, para muchas el bebé soñado, se nos sale por los poros el amor que es una combinación de hormonas, de cultura, de crianza...de faltas y sobras.

Y se nos acaba el sueño.

Vivir

Pero hasta en los mejores casos, sin darnos cuenta, el bebé no es el bebé soñado. El bebé es el bebé que es. Para algunas, es un bebé que estará un ratito y se irá, para otras será un bebé que estará de una forma distinta a la que soñaron.

Y empieza la idealización a destaparnos las trampas. ¿Por qué nadie me lo dijo? ¿Por qué me siento así si debería sentirme de otra manera? ¿Por qué me cuestionan? ¿Por qué quieren que haga esto y no aquello? ¿Por qué no me apoyan? ¿Por qué quieren hacer todo por mí? ¿Por qué no me aconsejan? ¿Por qué me aconsejan tanto?

Nos toca decidir cada día y sobre lo que vivimos, no sobre lo que soñamos. Entonces, lo sepamos o no, somos la madre que podemos ser, no la que soñamos ser. Y amamos y odiamos, y nos aliviamos y nos dolemos, y tenemos rabia, y tenemos alegría, y rencor, y cansancio, y culpa, y palabras y silencios.

El niño o niña van creciendo, y paso a paso van soltando el nudo que le atamos, o que creíamos que le atábamos. A veces no crecen como soñaste, ni al ritmo que todos dicen que deberían. A veces son niños que no miran, o niños que no hablan, o niños que no oyen, o niños que tienen un mundo distinto al que pensaste que tendrían, niños con un código menos común, niños que se irán siendo niños o se quedarán siendo niños. A veces nos toca enterrar al niño que jamás soñamos enterrar o dejar al niño que jamás soñamos dejar.

Y llegará para muchos niños la adolescencia y la adultez. La maternidad será otra maternidad. El nudo se deshará, pero las dos mitades de la cinta quedarán en dos manos: la tuya y la del hijo o hija.

No sabemos que tan lejos o tan cerca quedará esa otra mitad de la cinta. No sabemos si nos tocará acariciar la frente de hijo adulto que no será viejo, si estaremos sentada detrás  de ellos en el banquillo del acusado, delante de los hijos maltratados, víctimas, del que le quitó la vida a otro hijo,

Muchas tendremos el sueño, nunca el que soñamos, del orgullo ante los triunfos. ¿Soñamos con la pesadilla del fracaso de ellos? Supongo que no, que ninguna lo hace, que poquísimas lo hacen, pero los fracasados son hijos de una madre.

La incertidumbre de la maternidad, de la que no tenemos llave.

jueves, 31 de marzo de 2016

A su tiempo: colecho e ir al baño

Si pongo en una lista todo los comentarios negativos sobre el colecho y el tema de enseñar a mi hijo a usar el baño este post sería demasiado largo. Y si le sumó el tema de la lactancia, pues necesitaría no solo espacio, sino días para hacerla.

Pero hoy dejo la lactancia fuera y agregaré algo de lo que a veces he carecido en la crianza de mi hijo: entender que cada niño tiene su tiempo.

Y no, no digo que no les enseñemos, pero vale apuntar que los niños (si no hay alguna imposibilidad de nacimiento) no son tontos y, me parece, vienen programados para aprender de su medio ambiente estén o no los padres presentes, que a veces tenemos complejos de "dioses omniscientes y omnipresentes" y nos vamos de bruces en esa pretensión.

Dormir juntos 
El tema del colecho es uno de los que muchos asumen "en debate", algo que no le veo sentido. Usted duerme como quiere y con quien quiere, y acomoda a su familia en ese sentido por el bienestar del sueño. Se decide sobre ello y ya. Si se prefiere levantarse cada hora para "enseñar al niño a dormir" y pasar la mala noche y dejarlo llorar hasta que casi vomite...pues no estoy de acuerdo, pero es su decisión. Si tiene un niño o niña que "saber dormir" desde que nació, pues felicidades. Ninguna situación familiar sobre el sueño fuera de la mía es mi incumbencia. Pero siempre resultó que mi decisión sobre la manera de dormir en casa parecía ser incumbencia de muchos.

El asunto es que el colecho me salvó de morir de falta de sueño, facilitó la lactancia con mi hijo y me ha regalado los mejores momentos en familia. Tuve mis dudas al principio, por eso investigué, y me pareció la decisión más normal del mundo, acomodada a mis circunstancias familiares.

Así el padre y yo fuimos alternando y modificando el colecho en la medida del desarrollo del sueño de nuestro hijo. Tuvimos hasta hace poco la cuna en la habitación de nosotros. En sus primeros meses no durmió en ella de noche, a veces lo hacia en un cunero hasta que ya no cupo allí. Con el tiempo lo hicimos a medida de nuestro sueño. Dormíamos los tres juntos o lo mudabamos a su cuna si se dormía primero que nosotros, o luego lo traíamos devuelta a la cama cuando despertaba.

No, no afectó nuestra vida sexual. Y no, no daré detalles de ello. :p

Con dos años y medio le compramos su cama. Solía hacer sus siestas ahí, en su habitación. Hace pocos meses pintamos y decoramos la habitación quitando los motivos de bebé y nos decidimos a que empezará a dormir solo, viendo que al parecer Fernando estaba listo para el cambio ya con tres años. Lo retrasamos un poco hasta que la "sicologa de pesadilla" nos llamó la atención al respecto. Fue lo único bueno que sacamos de esa consulta: decidir la mudanza del lugar del sueño de Fernando.

Para nuestra sorpresa, el primer día durmió sin despertares hasta el otro día. Después de la primera experiencia, los siguientes días también fueron manejados como manejamos el colecho: al ritmo de nuestro hijo. Cuando se despierta en la madrugada y me llama, vamos a verlo. La mayoría de las veces solo quiere que lo abracen un rato y nunca se lo negamos. Me suele tomar de la mano o abrazarme un brazo y vuelve a quedarse dormido a los pocos minutos. Unas pocas veces me duermo con él sin darme cuenta, pues estoy muy cansada o somnolienta. Otras veces el papá lo lleva a nuestra cama. Otras veces no nos volvemos a ver despiertos juntos hasta el otro día.

Eso sí, en las mañanas siempre llama o va a nuestra habitación, se sube o lo subimos a la cama y ahí vuelve a dormirse un poquito más o nos despierta para que nos levantemos.

Así el colecho se ha ido espaciando, al ritmo de Fernando. Sin gritos, sin lloros, sin pleitos, sin sufrimientos innecesarios, sin malas noches. Todas las noches han sido buenas.

Hacer pipí
Recuerdo que un día una madre me dijo que ella despertaba a su hijo varias veces en la madrugada para ponerlo a hacer pipí. "Así es que aprenden". Yo no tenía planeado enseñarle de esa manera.

Leí sobre el tema. Entendí que ningún niño asume el tema de ir al baño cuando no está ya preparado, y que en eso unos lo hacen antes que otros. Desde los dos años de edad de Fernando compré un adaptador para el inodoro y una bacinilla...y desde esa época traté de que mi hijo entendiera lo de la pipí y la "caca", como él le dice.

No valía nada. Claro, él avisaba pero cuando ya había que limpiarlo. O se quitaba el pañal o los calzoncillos con sus desastrosas consecuencias, aunque hay que señalar que en muchas ocasiones sus pañales con "caca" los llevaba al baño, botaba su contenido en el inodoro y le daba a la palanca.

Y sí, él nos veía y nos ve haciendo "del uno y del dos". Y tan servicial es que siempre nos pasa el papel de baño. Un encanto mi Fernando.

Pues bien, hace exactamente tres semanas hoy que Fernando se encontraba sentado viendo televisión después del almuerzo. Desde hace meses, cuando llega de la escuela, le quito el pañal y le pongo un calzoncillo. Resulta que de repente se pone de pie y toma el pasillo que lleva la baño. Curiosa lo sigo con la mirada.

Abrió la puerta. Levantó las dos tapas del inodoro. Se bajó los calzoncillos y...¡Guala! Hizo pipí sin que nadie le dijera nada, sin obligarlo. Así de simple. Y lo mejor es que halo la palanca y bajó las tapas.

A mí se me aguaron los ojos. Un año en eso y él, cuando lo decidió, lo hizo. Y lo mejor es que no lo ha dejado de hacer.

Aun trabajamos con la "caca", pero creo que se avanzará pronto en ese proceso.

Y al escribir esto lo vuelvo a aprender, porque siempre se me olvida, a su tiempo los hijos nos enseñan que son quienes son, diferentes no solo a nuestros organigramas y prejuicios y dudas y demás si lo dejamos alimentar su espacio de personalidad, sino tan acertados en hacernos entender el valor del tiempo cuando es el tiempo.