martes, 22 de mayo de 2018

¿Arrepentirse de ser mamá?

Yo, según Fernando.
Desde hace varios años leo artículos compartidos en las redes sociales sobre el arrepentimiento de las mujeres de ser madres, desde diversos puntos de vista.

Uno de los puntos que me llaman más la atención sobre este tema es el hecho de que muchas expresan la frustración de no haber alcanzado metas soñadas, o de enfrentarse a una realidad que no esperaban o plantearse que sería de sus vidas si no hubiesen sido madres.

El asunto me parece interesante, en especial porque descubre una parte de nosotras que antes era un pecado compartir, hablar sobre ello: que aunque biológicamente estamos hechas para ser madres (los hombres no pueden parir, ni las mujeres transgénero -que nacieron hombres- porque no tiene un útero ni ovarios) el sentimiento y sentido de maternidad no es algo automático ni un hecho irrefutable en nuestras vidas a partir de ese determinación biológica.

Claro, desde medidos del siglo XX el feminismo nos ha dado la oportunidad de cada vez más soltar convenciones sociales impuestas, a pesar de que algunas cosas parecen confundidas y trastocadas, algo que no veo que sea malo sino un proceso normal de reflexión y contradicción para aclarar caminos. Esto nos ha llevado a un escenario en que las mujeres tenemos mayor libertad para decidir, aunque esto hay que matizarlo, no es lo mismo nacer y ser mujer en América Latina que en Europa, por poner un ejemplo.

Ante esto me he cuestionado también mi maternidad. ¿Arrepentida? No. Cuando lo desee y lo decidí me encaminé a ser madre, y antes de serlo lo evite y después de serlo he evitado volver a tener otro hijo por circunstancias muy propias. ¿Qué hubiera sido de mí en otro contexto, en otra época, en el que la mujer tenía mayormente que ceder en pos de ser madre, de cumplir ese papel social más allá de sus deseos? Es probable que tuviera varios hijos y que no tuviera la carrera que tengo, y quizás estará frustrada por todo ello... o quizás no, porque mis expectativas de vida en ese contexto particular no estarían más allá de ser madre y ama de casa.

Pero el asunto no es tan fácil de exponer, de entender. Es complejo, creo, porque cada mujer es un mundo, con un contexto social, familiar, político e interior distinto. No hay recetas para darles a todas, aunque sí creo que hay un parámetro: el de poder brindar la mayor libertad a la mujer de ser y estar para poder decidir.

¿Arrepentirse después de ser madre? Creo que ahí hay un punto relevante. Muchas deseamos ser madres, lo planificamos, y aun muchas que no lo planifican reciben con sincera dicha y alegría este reto, pero es una realidad que parecemos estar más solas, con menos ayuda y compañía, con menos comprensión de nuestro círculo social, en especial en una época donde muchas queremos tener un trabajo fuera de casa y gran parte de esas muchas necesitan tener ese trabajo, porque sino la situación económica sería más que precaria, difícil y asfixiante.

A veces, no les miento, creo que también hay mucho ego planteado y una rebeldía a renunciar a espacios para dar cabida a un hijo o hija. Algunas pretenden seguir llevando una vida parecida a la que tenían antes de ser madres, y su deseo choca de frente con una realidad: ser madres más allá de los bonitos mensajes, de afán de comprar mil cosas (la mayoría innecesarias) para un bebé, y de las fiestas para anunciar el sexo del bebé o recibir regalos tiene un componente de renuncia, de entrega, de ceder, de dar que muchas probablemente no están dispuestas a dar cabida.

Y por supuesto que hay cansancios, desánimos, tristezas y momentos desesperados. También es necesario crear redes de apoyo, no solo laborales y familiares, sino entre las madres amigas, hermanas, compañeras de trabajo, que nos ayuden a sostenernos en este proceso de ser madres si así lo decidimos, porque sé que muchos de esos momentos bajos de la maternidad tienen también que ver con ese batallar sola o con poco apoyo con el día a día de nuestros hijos.

domingo, 25 de marzo de 2018

Escuchar su voz

Después de su nacimiento y verlo sonreír, lo que más me ha emocionado es escuchar su voz.

Una voz que llegó tarde, confusa, algo incomprensible, con los días se va haciendo más clara, más suya.

Su tono de voz me parece hermoso. Canta, tararea, repite diálogos de los programas de televisión, lee palabras que reconoce, intenta formar una oración. Le voy señalando y describiendo objetos, animales, situaciones, lugares, sentimientos...las señaló, los describo y le digo como se llaman. Él repite, incorpora una palabra a su limitado vocabulario. Y sigo señalando, describiendo y nombrando, y él sigue repitiendo y, de a poco, incluyendo.

"Abrazo", dice, mientras me abraza. "Mucho", cuando le pregunto cuánto me quiere. "Mamá", "Mami", me llama.

Es dulce su voz. Una especie de capullo que se abre tan lentamente, tan esforzadamente, pero a la vez, tan contentivo de belleza, de la inesperada belleza que anhelas, que deseas, y que él va logrando a expensas de mis anhelos y mis deseos.

Su voz, escuchar su voz. Una llave.


viernes, 26 de enero de 2018

Sobrevivir en tu carne

La perspectiva es inevitable en la vida. Cualquier plan, proyecto o meta se alimenta de ello, de ese mirar futuro lleno de ilusión, pero también matizado por nuestros sesgos, prejuicios, deseos y realidades.

La perspectiva es soñar.

Ser padres y madres no escapa de eso. Ponemos en perspectiva nuestros deseos sobre ese niño o niña. No es malo, claro que no, pero si alimentamos sin control ese deseo no solo nos va a devorar, sino que convertiremos a ese niño o niña en un presa destinada a ser devorada.

En mí primó el deseo de no desear más allá que salud y amor para mi hijo. La salud es un tema en que mis deseos no han sido del todo correspondidos. El amor, por el contrario, ha sido superado en mis deseos. Sin embargo, mi hijo es una presa, pero no de su padre ni de mí, sino de ese circulo  alrededor que antepone deseos, proyecta perspectivas, sobre mi hijo.

Conozco esa sensación en carne propia. Y observo, con dolor y a veces con hastío, como mi hijo también la sentirá.

No, no sueño con proteger a mi hijo de todo y de todos. Mi amor hacia él es grande pero limitado. La primera conciencia que tuve al ser madre es que mi hijo no me pertenecía, por más egoísta que fue la decisión de tenerlo. Y pensar en ello en principio es una lucha, una contradicción al deseo, a la perspectiva. Pero algo me ayudó a entenderme en esa lucha: mi hijo no es un plan, ni un proyecto, ni una meta.

Mi hijo es quien es, desde lo que es, a pesar de lo que desee yo u otra persona.

Mi mayor lucha, entonces, ha sido sobrellevar las perspectivas de los demás entorno a mi hijo, lo que incluye las comparaciones con otros niños en parecidas o distintas situaciones (no, la gente nunca entiende que ningún niño es igual a otro, aun siendo hermanos, aun siendo gemelos, aun teniendo la misma enfermedad, color de ojos...y un largo ecetera). Esto también incluye desplantes, comentarios diversos, algunos hirientes, recriminaciones, desdén... y por el bien del entorno decides pasar estas "atenciones" por alto, aunque te hagan mella.

La cuestión ahora, mi cuestión, en enseñarle a mi hijo de alguna manera a sobrevivir a todo eso, que estará siempre en su vida, porque aunque sus padres no asuman proyecciones exageradas y presiones fuera de lugar sobre él, otros lo harán, y lo compararán, y lo menospreciarán, y no lo comprenderán.

Confiar en mi hijo. ¿Se confían en los hijos? Pues sí, confió en mi hijo, y el amor hacia él que me enseñó, primero, a renunciar a su ilusoria posesión, y en la medida del tiempo también me enseñó a despedir el deseo y la perspectiva idealizada del hijo, y enterrar a ese hijo idealizado entre lágrimas y duelo, y me enseñó a esperar "al tercer día" su resurrección en el hijo real que me abraza. me mira a los ojos, que dice "mamá" o "mami", que llega a mi casa jugando a buscarme y me abraza cuando me encuentra, y que de a poco se descubre ante mí, ante los demás, aunque muchos de esos demás quieren que sea otro que no es, y siguen amarrados al deseo, a sus perspectivas, a sus comparaciones, a sus comentarios, algunos hirientes, a sus recriminaciones...

Lo lamento por ellos, en cierta manera, porque se pierden al niño que es mi hijo, al real, y creo que algunos nunca tendrán la suerte de conocerlo.

Y si es como dice su padre, el esposo, que tiene mi carácter, entonces pasará lo que pasó conmigo.

Sobrevivirá en su carne. 

jueves, 5 de octubre de 2017

Cinco años

Fernando cumple cinco años.

Mucho que decir de este viaje con mi hijo desde que nació, algo que creo estoy logrando con un poemario que trato de escribir sobre esta experiencia.

Sin duda, estoy feliz. Verlo crecer, saberlo fuerte, retador, afanoso en superar sus propios límites me pone aire bajo las alas.

Les comparto un fragmento de un poema que escribo y que se llama "Voz en el desierto", y que habla de la llegada de Fernando a mi vida.



"Dejo dicho/quizás lo necesites en una noche sin luna/que primero fue mi mano en tu espalda pequeña/que segundo, tus ojos en mis ojos asustados/que tercero, tu puño en mi dedo índice izquierdo/y luego/mis huesos pulverizados y vueltos a formar".