miércoles, 16 de noviembre de 2016

La ilógica maternidad

Maternidad. Oleo sobre tela. Carolina Estelrich. 
Lo dije sin pensar.

La maternidad no tiene lógica.

Al menos no esa que sigue cierto raciocinios. Y no me malinterpreten. No hablo de lo biológico que nos marca como mujeres y que nos da capacidad física para procrear y parir. Ni de las hormonas que te hacen enamorarte de tu hijo o hija. No. Hablo de ese sentimiento incongruente que vive contigo desde que decides ser madre.

Y cuando lo dije escuchaba a una amiga. A una hermana de la vida que acababa de ser madre, que tuvo un embarazo difícil, que tuvo una cesárea urgente y que su niña estaba bien, pero tenía que estar lejos de ella por varios días. Había seguido todas las indicaciones médicas, puso todo de sí, y gracias a eso su niña estaba ahí, sana. Solo necesitaba unos días.

Pero aun así, esa maternidad ilógica, diría que bipolar, la mantenía en ese no sé que le ahogaba el habla al dar la vuelta y dejar a su niña unos días. Esa que nos enfrentará día a día a esa dos caras de lo que somos después de un hijo y lo que seguimos siendo a pesar del hijo o hija.

Porque eso no se lo dije a mi amiga, pero sé que esa irracionalidad que la sorprendió de golpe y porrazo, que nos sorprende a todas, la ha puesto, y nos pone a todas, en advertencia de que la maternidad no escapa a ningún otra contradicción de nuestras vidas y que, contrario a lo que la publicidad nos anuncia, está hecha de todos los colores y no solo del metafórico y manido color rosa.


miércoles, 5 de octubre de 2016

¿Es suficiente enseñarlos "a ser felices"?

Hoy cumple años Fernando. Cuatro años.

Para la hora que escribo esto, en el año 2012, aun no había parido. Tenía dolores, estaba en casa. Tres horas después tendría a Fernando sobre mi vientre, recién nacido. Pero en ese momento la imaginación no me alcanzaba para entender lo que este viaje de ser madre ha significado en mi vida hasta hoy.

Y con el cumpleaños de Fernando y con este recuerdo en mi cabeza, aflora un tema que tengo semanas dando vueltas.

¿Es suficiente enseñarlos "a ser felices?

No voy a embozar una tesis sobre qué es ser feliz, pero desde mi limitada observación me he dado cuento que la frase lleva una carga de "sentirse satisfecho", "estar bien", "ser pleno". Es un estado muy dirigido al ombligo propio, que es necesario no solo tenerlo, pues indica que naciste, sino de apreciarlo. Pero sucede que la vida no está limitada a nuestros ombligos.

Ser feliz no es suficiente. Enseñar a ser feliz no es suficiente. ¿Por qué?

La vida es un camino azaroso, impredecible en la mayoría de los casos, tenemos una limitada acción sobre los sucesos que nos pueden afectar. Habrá días duros, muy duros, donde no solo no podremos vernos el ombligo, sino que no lo vamos a poder apreciar.

No se puede ser feliz siempre. Habrá momentos de rabia, de dolor, de deseos de acabar con todo, de tristeza, de inapetencia por la vida, de decepción y desánimos.

Si solo me enseñan a ser feliz, si solo me enseñan que debo estar feliz, ¿me están dando herramientas para enfrentar la vida en su amplitud? Creo que no.

A veces somos tan dados a acomodar tanto la vida de quienes amamos que los dejamos inválidos para esos momentos en que se tienen que enfrentar a las adversidades, algo sumamente necesario para no solo ser feliz cuando los días te dan motivos para ello, sino a sostenerse en pies cuando los días nos deparan los momentos duros y difíciles de transitar. Es decir, para ser plenos en las sonrisas y en las lágrimas. Humanos.

Así que en este cuarto cumpleaños de Fernando es lo que deseo: poder enseñarle a ser humanamente pleno, no sólo feliz.


viernes, 5 de agosto de 2016

Semana Mundial de la Lactancia. Mi última historia de lactancia con Fernando

Advertencia para los mojigatos: hay fotos en este artículo en lo que aparece un niño siendo amamantado.



En una línea de tiempo que tengo agregada en el margen derecho de este blog sobre mi viaje de maternidad apunto que la lactancia con Fernando duró tres años, siete meses, tres semanas y dos días. Para ser sincera, se extendió unos días más, pero de algo que si estoy segura es que ha sido una de las mejores experiencias de mi maternidad.

El comienzo fue difícil y lo fue principalmente porque en República Dominicana las clínicas privadas hacen todo lo contrario a lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud y la Unicef: separan a los bebés de sus madres en cuneros, que no tienen ninguna razón de ser; y de paso le dan fórmulas a los recién nacidos, sin consentimiento de la madre, evitando el inicio necesario de una lactancia que debería ser en la primera hora de nacido.

Mi hijo y yo fuimos víctimas de esa práctica, que ni se denuncia ni se busca corregir a pesar de que una ley lo prohíbe y lo castiga. Inicié la lactancia unas 16 horas después de parir. Obviamente a mi hijo le habían dado leche de fórmula. Lograr que se enganchará casi a la primera sin muchos contratiempos inmediatamente lo saqué del cunero fue un gran alivio, a pesar de que solo una enfermera se mostró dispuesta a ayudarme.

Salí de la clínica una hora después, con mi hijo en brazos y una caja de leche de fórmula que no pedí pero me cobraron en la factura de la clínica.

Los primeros días fueron difíciles, por un lado estaba acostumbrándome a un nuevo ritmo de vida con mi hijo recién nacido. Se le dieron varios potes de fórmula, en especial por insistencia del esposo y la suegra. Pero me dije y les dije: el único. Y así fue. Consciente de que podía alimentar a mi hijo, me dedique el primer mes a echar para delante la lactancia: saber que los niños no lacta cada dos horas, sino cada vez que quieran (la leche materna se digiere rápido y sus estómagos son pequeños), aprender a colocarlo en el pezón (las primeras semanas se me laceraron y fue terrible), muchos brazos y cercanías.

El apoyo del esposo, padre de Fernando, fue fundamental. Aunque hubo sus minicrisis (las hormonas y el instinto que crece después que pares y empiezas a amamantar es a veces complicado). Muchas imágenes muestran al hombre ayudando dando biberón y algunos piensan que con la lactancia no ayuda. ¡Para nada! Desde acomodarme con almohadas, traerme un vaso de agua, salir en medio de un aguacero a buscar una pomada para las grietas de mis pezones porque ya no soportaba y se me salían las lágrimas (casi se ahoga en un mega charco), limpiar y organizar. Sin el esposo no hubiese podido salir a flote.

Y bueno, no tengo que detallar comentarios. Desde los que iban sobre "lo estás cargando mucho", hasta los que me señalaban de "loca de la teta". Me puse muy a la defensiva, se les confieso, pero tenía que reaccionar de alguna manera. También hubieron comentarios de apoyo, en especial de mi abuela que amamantó a todos sus hijos, al último de ellos hasta los cuatro años.

Superada las primeras semanas y decidido el colecho, pues ni iba a dejar llorar a mi hijo, y pronto comprendí que a los bebés no se les enseña a dormir y que la lactancia necesita de cercanía, todo fue viento en popa hasta que...

Lactancia y trabajo
Trabajar tarde-noche fue un punto a favor de mi lactancia. Me pasaba todo la mañana con mi hijo y me daba el chance de ordeñarme para dejarle leche. Como no tengo energía eléctrica constante, no pude hacer mi banco de leche materna. Así que a la hora de retomar mi jornada laboral el reto de la lactancia exclusiva hasta los seis meses se me hizo un reto.

Recuerdo que entré a trabajar un 2 de enero. El día antes, en la noche, me ordeñe y guarde entre hielo sin congelar. En la mañana, hice lo mismo. Le dejé unas diez onzas antes de irme. Armada con bolsas para colectar leche materna, un telmo y un pañal desechable que mojé y congelé, me fui a trabajar. Salí ese día reportar, pero en mis momentos de descanso usé el salón para entrevistas para ordeñarme. La leche colectada en el trabajo la metía en la nevera enseguida llegaba.

Fue mi rutina. Unos días más difíciles que otros. En una ocasión me ordeñe dentro de la camioneta en un servicio en un barrio que se extendió mucho.

Lo logré. Seis meses de lactancia exclusiva. Ni agua, ni tés, ni puré, ni compotas. Nada que no fuera leche materna.

Y claro, conté con un jefe inmediato que aunque me relajaba con símiles de "vaca y ordeño", respetó mis descansos para estos fines, uno que está establecido en el Código de Trabajo de la República Dominicana.

Y después los seis meses: prolongada y disfrutada
Me ordeñé en mi trabajo hasta casi el primer año de edad de mi hijo. Aunque muchos no lo crean, pero es así, la producción de leche se regula con la frecuencia de amamantar. Es una regla básica fisiológica de la lactancia: es por demanda, mientras más amamanta el niño, en ese medida se produce leche. Por eso es contraproducente "darles de mamar cada dos horas".

Cuando empecé a introducirle alimentos sólidos (nada de pures) Fernando empezó a tomar menos seno, pero fue a su ritmo, no al mío. No sufrí por eso porque no me resistí. Le daba teta de noche, y como colechabamos (casi al año lo empecé a pasar por periodos a su cuna) la tomaba cuando la quisiera.

A pesar de las constantes criticas, que ya ni me importaban y de las cuales dejé de defenderme, me gozaba mi proceso de lactancia. El lazo con Fernando era tan especial en esos momentos. No hubo nada que oscureciera esos momentos, nada.

Por supuesto que mientras Fernando fue creciendo empezaron las críticas a cambiar de tono. "¿Hasta cuándo le vas a dar teta?", "pero se va a hacer viejo pegado a esa teta"...mi respuesta más frecuente: hasta que mi hijo y yo queramos.

Episodios de lactancia en público tengo algunos, los menos fueron los incómodos, no para mí por supuesto, sino para algunos mojigatos y morbosos. Como mi hijo nunca le gustó que lo taparán, y desde que tuvo fuerza en sus manos y brazos arrojaba cuanto trapo le pusieran encima, inventé una técnica también para estar tranquila: me ponía para salir una blusa de tiritas o franela de tirantes, y sobre ella una camisa, a la hora de lactar dejaba el primer botón de la camisa puesto, desabotonaba los dos siguientes y listo.

Claro, cuando Fernando se fue acercando a los dos años empezaron las preguntas de "¿hasta cuándo?" y ya con un buen tamaño y un buen peso, ya la lactancia nocturna no era muy cómoda empecé a pensar en el destete.

Destete respetado
Fui despacio, aunque a veces me desesperaba. Separar a Fernando de su teta sin que el quisiera del todo no era nada fácil. Empecé el destete nocturno porque era ya la hora en la que se me hacía incomodo.

Desde hablarle de que la teta duerme de noche, hasta pasarme buen rato añoñandolo para que volviera a dormir. Era a veces dos pasos para delante y tres para atrás. Y otras veces dos para atrás y cuatro para delante. Me armé de mucha paciencia, algo que la mayoría de las madres empiezan a cosechar a niveles que antes de tener un niño no podrías creer.

De a poco, Fernando fue entendiendo, con rebeliones incluidas, que había que ir dejando la teta "para que durmiera de noche".

Mientras de día, el tema seguía igual. Le daba teta cuando quisiera, aunque de a poco empecé a distraerlo y así espaciando las tomas.

Con tres años cumplidos empecé a apurar técnicas de distracción, aunque sus tomas no era para nada cercanas a cuando la leche materna era su único alimento.

Recuerdo que a raíz de su primera cita de evaluación por su retraso en el habla, empezó a dormir solo en su habitación, mudanza que previamente fue preparada, hablada y motivada (cambio de colores en la habitación, mobiliario de "niño grande"...). Terminar el colecho no fue nada traumatico y asumió su nuevo espacio encantado (aquí Argénida saca la lengua a todos los que dijeron que nunca, nunca, lo ibamos a sacar de la cama y que "eso los va a afectar como pareja).

Así fueron las cosas hasta que hoy, 5 de agosto y a dos meses de sus cuatro años, Fernando no toma nada de teta.

Nostalgia y un hermoso recuerdo
A veces Fernando me mira las tetas, me abraza, me mira a la cara y me dice: "Teta, ma". Me río. Se que extraña ese lazo. Le digo que no, que el sabe que no más teta. Me abraza otra vez, pone su cabeza sobre una de ellas y me aprieta con una mano la otra o la acaricia un segundo.

Yo también tengo nostalgia de la lactancia de vez en cuando, aunque se me va enseguida que lo cargo y me doy cuenta lo mucho que pasa y lo alto que está.

Puedo decir que de todo lo que me ha ocurrido en mis casi cuatro años como madre de Fernando, la lactancia ha sido un punto vital, hermoso, una especie de secreto a voces de amor entre mi hijo y yo. Eso y que es el asunto más práctico del mundo.

Beneficios
No salía a la calle con agua, leche, biberones...mi carga era ligera, no tenía que preparar, no tenía que pasarme el día hirviendo biberones (Fernando empezó a usar vasitos con asas desde los seis meses).

Y del ahorro, ni contar. Cada vez que voy a supermercado y veo los precios de la leche de fórmula me dan casi desmayos y pienso en la carga económica que significa para una familia pobre tener que alimentar un bebé con esa leche. Y me enojo cuando sé que muchas lactancias se han ido a pique por las prácticas ilegales y contra toda recomendación científica y médica en las clínicas.

Mi hijo tuvo la primera gripe fuerte luego de entrar en el colegio, pasado los dos años y medio de edad. Solo ha tenido dos episodios de diarrea en su vida. No tuvo cólicos (el tema de darle la teta cada vez que la pedía de recién nacido fue un total acierto en esto, si los bebés duran mucho con el estomago vacio porque los pediatras -la mayoría no sabe absolutamente nada de lactancia- dice que es cada "dos horas"...es la receta para el cólico seguro), y nunca ha tomado vitaminas o complementos (en eso influye mucho el tema de una variada alimentación complementaria después de los seis meses de edad)

Y no, no lo vayan a pensar, no soy mejor madre porque lacté a mi hijo más de tres años. No. Pero les puedo asegurar que decidir lactar ha sido una de las mejores decisiones que he tomado como madre.

Si vas a ser madre, si piensas serlo, si casi lo eres, piénsalo. Los beneficios en tu salud, en la de tu bebé y en tu economía son incalculables.

Se puede. Hay apoyo y ayuda para lograrlo.



Todos mis post sobre lactancia materna


viernes, 17 de junio de 2016

Caminos para hablar

Creo que en alguna vez mencioné aquí mi preocupación por el retardo del habla de mi hijo.

Fue la razón por lo que lo inscribí el año pasado en la escuela. El habla no avanzó. Por esa razón fui a una consulta con una sicologa infantil.

La sospecha: el espectro autista. Se hicieron evaluaciones. Se detuvieron las evaluaciones. Se recomendó ir a terapia primero antes de un diagnóstico definitivo.

Fernando, mi hijo, dice cosas. Mamá, jugo...nada de construcciones complejas, pero cuenta del uno al quince en inglés, dice los colores en inglés, deletrea en inglés y tiene un lenguaje de "trasapapadadada papapa prisch..." o algo así. A veces toma los libros que tiene y empieza con este idioma a "leer las líneas".

Ha avanzado mucho.

Confieso que es difícil como madre enfrentar algún problema de desarrollo con tus hijos. La primera etapa es dura, pero no hay nada como buscar ayuda a tiempo. Mucha gente me ha dicho "hablará cuando quiera", "tu primo no hablaba nada hasta los cuatro años". Pero he preferido otro camino, el de la acción. Pienso que cualquier intervención mientras más temprano mejor.

Hay tristeza, claro, una prefiere siempre que todo marche sobre ruedas, sean estas en especial las ruedas que imaginaste que fueran y que rueden en el sentido que te imaginaste, pero la maternidad suele tener la tendencia a ser lo que menos esperas.

No contaré el proceso de la terapia porque prefiero guardar esos detalles, pero sin lugar a dudas es la mejor decisión que tomé ante el retardo del habla de mi hijo, y he caído en buenas manos.

Con este proceso he aprendido a vivir el día a día, a pesar de los temores que siempre los habrá.

Y me permito un consejo, ante cualquier situación en que crean que algo no va bien, busquen ayuda, en especial con referencia adecuada. Lo demás es seguir amando.

viernes, 27 de mayo de 2016

Maternidad: Lo que soñamos, lo que vivimos

"La madre y el reo", Fernando Peñá Defilló (dominicano. 1928-2016).
Imagen tomada de la edición digital del periódico Hoy. Ver el artículo aquí

No sé cuando empecé a hacerlo, pero sé que fue mucho antes de pensar en ser madre (pensarlo como una posibilidad concreta) y después de iniciar mi carrera como periodista.

Cada muerto, cada hombre o mujer en el banquillo de acusados en un tribunal, cada ladrón, cada víctima, cada discapacitado, cada joven, cada niño, cada mujer y hombre deambulando en las calles, perdidos en sus delirios...me desembocaban en una afirmación: son hijos de una madre.

Esta afirmación siempre ha sido la llave de la incertidumbre sobre la maternidad, esa que se nos idealiza tanto, que se nos compone de tantas maneras, que nos trastoca la vida, para bien y para mal, que nos vuelve otras, hasta cuando no es posible ser  madre, hasta cuando no se quiere ser madre. La llave de esa relación biológica que transciende en un hijo o hija, que son tan de nosotras como ajenos.

Porque sí, porque en cada situación desconcertante frente a un ser humano me planteo lo mismo, la certeza de la maternidad como cielo e infierno,  tan presente además desde que soy madre, desde que Fernando es parte de mi vida. Lo que dividió la maternidad soñada a la maternidad vivida.

Soñar

Tuve la suerte de decidir ser madre cuando quise y como quise. Muchas, muchísimas, no tienen esa opción. Muchas son madres por el peso de las circunstancias, de la costumbre, de la violencia, del miedo.

Pero casi todas nos permitimos soñar con la maternidad, y hasta en las situaciones más adversas de esa maternidad somos capaces de construir un sueño sobre ella, un ideal. ¿Bueno o malo? No lo sé, pero diría que se nos hace indispensable, una especie de bote salvavidas ante un futuro que nunca se conoce.

Ahí vamos, las que planeamos la maternidad, las que nos llega como un susto, las que se nos plantea en solitario, la que nos obligan, las que no tienen salida. Y también las maternidades combinadas con todo lo demás, con un poco de todo lo que acabo de describir, un elemento más o un elemento menos.

Nos acariciamos la panza, nos acariciamos el sueño del niño que no llega o del que llega por una vía que no es nuestro vientre. Pensamos en rostros, se nos acumula la idealización de los juegos de niñas en la que eramos madres de las muñecas, la imagen de la madre que nos acunó, o que nos besó, o que no estuvo pero la inventamos. Se nos abren los huecos.

Luego, ahí está, para muchas el bebé soñado, se nos sale por los poros el amor que es una combinación de hormonas, de cultura, de crianza...de faltas y sobras.

Y se nos acaba el sueño.

Vivir

Pero hasta en los mejores casos, sin darnos cuenta, el bebé no es el bebé soñado. El bebé es el bebé que es. Para algunas, es un bebé que estará un ratito y se irá, para otras será un bebé que estará de una forma distinta a la que soñaron.

Y empieza la idealización a destaparnos las trampas. ¿Por qué nadie me lo dijo? ¿Por qué me siento así si debería sentirme de otra manera? ¿Por qué me cuestionan? ¿Por qué quieren que haga esto y no aquello? ¿Por qué no me apoyan? ¿Por qué quieren hacer todo por mí? ¿Por qué no me aconsejan? ¿Por qué me aconsejan tanto?

Nos toca decidir cada día y sobre lo que vivimos, no sobre lo que soñamos. Entonces, lo sepamos o no, somos la madre que podemos ser, no la que soñamos ser. Y amamos y odiamos, y nos aliviamos y nos dolemos, y tenemos rabia, y tenemos alegría, y rencor, y cansancio, y culpa, y palabras y silencios.

El niño o niña van creciendo, y paso a paso van soltando el nudo que le atamos, o que creíamos que le atábamos. A veces no crecen como soñaste, ni al ritmo que todos dicen que deberían. A veces son niños que no miran, o niños que no hablan, o niños que no oyen, o niños que tienen un mundo distinto al que pensaste que tendrían, niños con un código menos común, niños que se irán siendo niños o se quedarán siendo niños. A veces nos toca enterrar al niño que jamás soñamos enterrar o dejar al niño que jamás soñamos dejar.

Y llegará para muchos niños la adolescencia y la adultez. La maternidad será otra maternidad. El nudo se deshará, pero las dos mitades de la cinta quedarán en dos manos: la tuya y la del hijo o hija.

No sabemos que tan lejos o tan cerca quedará esa otra mitad de la cinta. No sabemos si nos tocará acariciar la frente de hijo adulto que no será viejo, si estaremos sentada detrás  de ellos en el banquillo del acusado, delante de los hijos maltratados, víctimas, del que le quitó la vida a otro hijo,

Muchas tendremos el sueño, nunca el que soñamos, del orgullo ante los triunfos. ¿Soñamos con la pesadilla del fracaso de ellos? Supongo que no, que ninguna lo hace, que poquísimas lo hacen, pero los fracasados son hijos de una madre.

La incertidumbre de la maternidad, de la que no tenemos llave.

jueves, 31 de marzo de 2016

A su tiempo: colecho e ir al baño

Si pongo en una lista todo los comentarios negativos sobre el colecho y el tema de enseñar a mi hijo a usar el baño este post sería demasiado largo. Y si le sumó el tema de la lactancia, pues necesitaría no solo espacio, sino días para hacerla.

Pero hoy dejo la lactancia fuera y agregaré algo de lo que a veces he carecido en la crianza de mi hijo: entender que cada niño tiene su tiempo.

Y no, no digo que no les enseñemos, pero vale apuntar que los niños (si no hay alguna imposibilidad de nacimiento) no son tontos y, me parece, vienen programados para aprender de su medio ambiente estén o no los padres presentes, que a veces tenemos complejos de "dioses omniscientes y omnipresentes" y nos vamos de bruces en esa pretensión.

Dormir juntos 
El tema del colecho es uno de los que muchos asumen "en debate", algo que no le veo sentido. Usted duerme como quiere y con quien quiere, y acomoda a su familia en ese sentido por el bienestar del sueño. Se decide sobre ello y ya. Si se prefiere levantarse cada hora para "enseñar al niño a dormir" y pasar la mala noche y dejarlo llorar hasta que casi vomite...pues no estoy de acuerdo, pero es su decisión. Si tiene un niño o niña que "saber dormir" desde que nació, pues felicidades. Ninguna situación familiar sobre el sueño fuera de la mía es mi incumbencia. Pero siempre resultó que mi decisión sobre la manera de dormir en casa parecía ser incumbencia de muchos.

El asunto es que el colecho me salvó de morir de falta de sueño, facilitó la lactancia con mi hijo y me ha regalado los mejores momentos en familia. Tuve mis dudas al principio, por eso investigué, y me pareció la decisión más normal del mundo, acomodada a mis circunstancias familiares.

Así el padre y yo fuimos alternando y modificando el colecho en la medida del desarrollo del sueño de nuestro hijo. Tuvimos hasta hace poco la cuna en la habitación de nosotros. En sus primeros meses no durmió en ella de noche, a veces lo hacia en un cunero hasta que ya no cupo allí. Con el tiempo lo hicimos a medida de nuestro sueño. Dormíamos los tres juntos o lo mudabamos a su cuna si se dormía primero que nosotros, o luego lo traíamos devuelta a la cama cuando despertaba.

No, no afectó nuestra vida sexual. Y no, no daré detalles de ello. :p

Con dos años y medio le compramos su cama. Solía hacer sus siestas ahí, en su habitación. Hace pocos meses pintamos y decoramos la habitación quitando los motivos de bebé y nos decidimos a que empezará a dormir solo, viendo que al parecer Fernando estaba listo para el cambio ya con tres años. Lo retrasamos un poco hasta que la "sicologa de pesadilla" nos llamó la atención al respecto. Fue lo único bueno que sacamos de esa consulta: decidir la mudanza del lugar del sueño de Fernando.

Para nuestra sorpresa, el primer día durmió sin despertares hasta el otro día. Después de la primera experiencia, los siguientes días también fueron manejados como manejamos el colecho: al ritmo de nuestro hijo. Cuando se despierta en la madrugada y me llama, vamos a verlo. La mayoría de las veces solo quiere que lo abracen un rato y nunca se lo negamos. Me suele tomar de la mano o abrazarme un brazo y vuelve a quedarse dormido a los pocos minutos. Unas pocas veces me duermo con él sin darme cuenta, pues estoy muy cansada o somnolienta. Otras veces el papá lo lleva a nuestra cama. Otras veces no nos volvemos a ver despiertos juntos hasta el otro día.

Eso sí, en las mañanas siempre llama o va a nuestra habitación, se sube o lo subimos a la cama y ahí vuelve a dormirse un poquito más o nos despierta para que nos levantemos.

Así el colecho se ha ido espaciando, al ritmo de Fernando. Sin gritos, sin lloros, sin pleitos, sin sufrimientos innecesarios, sin malas noches. Todas las noches han sido buenas.

Hacer pipí
Recuerdo que un día una madre me dijo que ella despertaba a su hijo varias veces en la madrugada para ponerlo a hacer pipí. "Así es que aprenden". Yo no tenía planeado enseñarle de esa manera.

Leí sobre el tema. Entendí que ningún niño asume el tema de ir al baño cuando no está ya preparado, y que en eso unos lo hacen antes que otros. Desde los dos años de edad de Fernando compré un adaptador para el inodoro y una bacinilla...y desde esa época traté de que mi hijo entendiera lo de la pipí y la "caca", como él le dice.

No valía nada. Claro, él avisaba pero cuando ya había que limpiarlo. O se quitaba el pañal o los calzoncillos con sus desastrosas consecuencias, aunque hay que señalar que en muchas ocasiones sus pañales con "caca" los llevaba al baño, botaba su contenido en el inodoro y le daba a la palanca.

Y sí, él nos veía y nos ve haciendo "del uno y del dos". Y tan servicial es que siempre nos pasa el papel de baño. Un encanto mi Fernando.

Pues bien, hace exactamente tres semanas hoy que Fernando se encontraba sentado viendo televisión después del almuerzo. Desde hace meses, cuando llega de la escuela, le quito el pañal y le pongo un calzoncillo. Resulta que de repente se pone de pie y toma el pasillo que lleva la baño. Curiosa lo sigo con la mirada.

Abrió la puerta. Levantó las dos tapas del inodoro. Se bajó los calzoncillos y...¡Guala! Hizo pipí sin que nadie le dijera nada, sin obligarlo. Así de simple. Y lo mejor es que halo la palanca y bajó las tapas.

A mí se me aguaron los ojos. Un año en eso y él, cuando lo decidió, lo hizo. Y lo mejor es que no lo ha dejado de hacer.

Aun trabajamos con la "caca", pero creo que se avanzará pronto en ese proceso.

Y al escribir esto lo vuelvo a aprender, porque siempre se me olvida, a su tiempo los hijos nos enseñan que son quienes son, diferentes no solo a nuestros organigramas y prejuicios y dudas y demás si lo dejamos alimentar su espacio de personalidad, sino tan acertados en hacernos entender el valor del tiempo cuando es el tiempo.

jueves, 3 de marzo de 2016

De psicólogas y el espacio entre el infierno...y el cielo

Fernando jugando con papá.


El asunto empezó algunos meses atrás.

Fernando no habla, o mejor dicho, habla muy poco.

Cuando tenía un poco más de dos años y medio lo llevé por esta razón a una terapeuta del habla, quien me recomendó ponerlo en la escuela, además de anotarme que había puntos de alarma sobre alguna actitudes de mi hijo en relación con el espectro autista.

Lo puse en la escuela.

Seis meses después su vocabulario es mínimo. Pocas palabras, cero oraciones simples. Sí, mi hijo se comunica por señas, señalando con su dedo indice, halándome...de mil formas, pero sus palabras son mínimas.

Una amiga sicologa me recomendó un centro especializado en estos asuntos...

El infierno.

La cita fue en horas de la tarde. Fernando tenia sueño, recuerdo, durmió todo el camino. Cuando llegamos, quedó fascinado con una habitación con juguetes, donde entró sin tardanza. Además de emocionarse al ver a otros niños.

Cuando entramos a la consulta, Fernando saluda chocando las manos a la doctora, según su curriculo, logopeda. El ve juguetes, empieza a jugar. La doctora observa y nos empieza a interrogar.

En medio de todo, mi hijo con sueño se acerca porque quiere que le añoñe, hace el amago de buscar teta...ahí se armó el lío.

La doctora se escandalizó. Le trato de explicar que he tenido una lactancia extensa con mi hijo, que he llevado un destete por etapas, que ya no se la doy en las noches, pero que suele tomar unos minutos en la mañana y, cuando estoy con él en las tardes se añoña con los senos para dormirse, que esa toma no es mayor a unos diez minutos...pero ella no me deja, me interrumpe. "Eso es un problema me dice".

Me quedo callada. Enojada.

Cuando hablamos del tema de dormir, el esposo y yo le explicamos que duerme solo y también con nosotros, que lo pasamos a la cama en la madrugada si despierta, que estábamos preparando su habitación para comenzar a llevarlo allá...al igual que con la lactancia también se escandalizó. "Eso está mal. Es un problema".

Me quedo callada. Enojada.

"Lo quieren tanto que le están haciendo daño".

Me quedo callada. Enojada. Empiezo a llorar.

El esposo me sostiene la mano, me mira. No, no voy a pelear, no voy a discutir. Se supone que estoy frente a una profesional ¿del habla? No sabía que iba a hacer un diagnostico de algo que entendía que no era su área de especialización.

El asunto se puso peor. Cada frase nos culpabilizaba. Y en medio de una rabieta de mi hijo porque ella no lo dejaba acercarse a mí, no lo dejaba jugar como quería (debo confesar aquí que lo puso a recoger lo que regó, asunto que entiendo no está mal) se puso peor...

Le dio tiempo fuera. Me explico. Lo sentó en una silla y tomó un reloj de arena pequeño. "Tiene tres años, son tres minutos". Le atrevesó el brazo para impedirle que se pusiera de pies. Fernando lloraba. Yo no entendía que era todo eso, por qué hacia eso. Lloraba y callé. En un momento Fernando lloró tanto que se quedo ensimismado.

Mi hijo tenía sueño. No la conocía hasta ese día, era una extraña que le impedía ir a mis brazos a añoñarse para dormir.

Nos empezó a hablar de autismo, volvió a decir que nuestro amor lo dañaba...

Creo que fue la primera vez en mi vida que tuve el impulsó de golpear (no abofetear) a alguien. A ella.

Pero seguí llorando, confundida y enojada.

Cuando se terminó la ¿consulta? salí atontada, con un conflicto interno de locura. En un primer momento dije que quizás todo era verdad, que le hacia daño a mi hijo. Que mi destete respetuoso era un problema, que el colecho era un problema.

Los siguientes días estuve deprimida, irritable. Veía a mi hijo con resentimiento, con dolor. Dejé de ser la madre que he sido, me convertí en una que quería mantener lejos a mi hijo porque...le hacia daño.

Con los días empecé a cuestionar todo, a cuestionarme.

Le dije al esposo que no volveríamos a esa consulta. Hablé con un compañero de trabajo, cuyo hijo ha sido diagnosticado con un autismo leve y que al igual que Fernando ha sido lactado de manera prolongada. Me abrió los ojos.

Volví a llamar a la terapista del habla a la que lo llevé cuando tenía dos años y medio.

El cielo.

La primera terapeuta de Fernando me refirió dos estudios. Uno sobre la capacidad auditiva de mi hijo y una referencia a una sicologa clínica infantil. Del primero, todo bien.

El segundo me llevo directo al cielo.

Fuimos donde la sicologa infantil. Desde la entrada el espacio era amigable. La recepcionista hasta le dio masilla a Fernando para jugar, y él tuvo libertad de explorar, saludar, jugar con los niños que estaban en espera con sus padres.

Al entrar al consultorio nos sentamos. Fernando fue directo a tomar juguetes y jugó como quiso. Vi en todo momento a la doctora anotar. Nos hizo preguntas. En algún momento salió el tema de la lactancia, pero no dijo que era un problema, aunque su cara fue de sorpresa, no de juicio ni de reprimenda.

Habló con Fernando, quien la saludó, le pasó juguetes, cumplió ordenes. Hizo dos rabietas. Ella ni se alarmó, ni se volvió loca. Simplemente nos explicó algunos asuntos, como que hablarle en ese momento es algo difícil porque no están en disposición de escuchar, nos dijo cómo poder lidiar con estos episodios, nos habló del carácter de Fernando, de todo lo bueno que tenía, de sus cualidades y actitudes que denotan un estado normal de un niño de su edad. Nos llamó la atención sobre algunos aspectos en su manera de jugar e interactuar que hay que atender. Nos dijo que aunque tenía pocas palabras él si se comunicaba, nos habló de algunas experiencias con otros niños.

No nos dijo que eramos un problema, ni que nuestro amor le hacía daño. Sí nos llamó la atención ante algunos puntos como padres frente a sus rabietas, de cómo manejamos las limitaciones que le ponemos y cómo lo hacemos, de que algunas actitudes de nosotros (no lo percibí hasta que me lo señaló) que refuerzan comportamientos que no lo ayudan a avanzar.

Observó a Fernando, interactuó con él, no le dio tiempo fuera, no lo trató como si fuera un autómata.

No me dijo lo que quería escuchar, pero si lo que necesitaba saber.

Entre una  y otra, del infierno al cielo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Las "guerras" de mamá

Autorretraro con collar de espinas. Frida Khalo. 1940.
Tomado de La pandilla de Don Gato 



No conoces el verdadero miedo hasta que tienes un hijo.

Eso le dije a un amigo la semana pasada, cuando conversábamos de nuestros hijos. La frase me salió como una especie de catarsis a lo que he vivido en las dos últimas semanas.

El miedo de que las cosas no vayan tan bien.

Mi amigo, que tiene una hija, me dijo: "No quiero tener más hijos. Los hijos duelen".

Sí, los hijos duelen.

Y esta conversación y estas frases puede sonar feas, pueden ser malinterpretadas. De hecho, se que muchos de los pocos que lean estas primeras líneas ya hicieron una mueca de desaprobación.

Pero es la verdad. Al menos la parcial verdad de esta madre.

Ser madre también duele, ser padre también duele, y no solo por el miedo de que las cosas no vayan bien, sino por los vulnerables que nos convertimos al ser padres, "andar con el corazón afuera", como escribió el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco en "Los hijos infinitos".

Y muchas veces ese miedo, y el dolor que lo acompaña, nos lleva a actuar como no queremos, o quizás como necesitamos para no derrumbarnos, para seguir de pies, aunque nadie más lo entienda.

En mi caso particular, y los que me siguen por este blog lo saben, es recurrente que hable de la crianza, de mi crianza, de mis pleitos con la crianza (no contra otros, sino ante mí y mis circunstancias).

Como madre es lógico buscar apoyo en otras madres. Debo confesar y aceptar que en ese aspecto me siento sola y he decidido quedarme sola. ¿Parece radical? Es radical.

Hace años, antes de ser madre, decidí no opinar sobre la crianza de nadie. Y recuerdo exactamente el momento en que lo decidí. Una amiga me contaba sobre la manera en que enseñaba a dormir a su hijo solo, eso incluía dejarlo llorar sin consuelo. Recuerdo no haber dicho nada, quizás sí puse cara de "¿en serio? ¿Haces eso?". Pues, cara de desaprobación. No le dije nada, no la critiqué. No tenía nada que decir. No quería lastimarla con un comentario, tampoco me sentía experta, ni me siento ahora, sobre temas de maternidad. Y, ante todo, en ese momento no era madre. Eso sí, pensé dentro de mí algo, que no haría nunca eso con un hijo.

Claro, esta fue una decisión unilateral. Mía. No la tome por nadie ni para aleccionar a nadie. Por lo tanto, he tenido que ser estoica ante los consejos no pedidos, callarme, ser consecuente. Y no, no opino de la crianza de nadie, aunque los "nadie" insisten en aconsejarme, reprocharme, dictarme y expresar a todo pulmón su desacuerdo con mi crianza.

¿Por qué? Hay muchas respuestas. Todos creen que lo hacen "por mi bien", "por el bien de Fernando". De hecho, he dejado que delante de mí hagan cosas con mi hijo con la que no estoy de acuerdo, cuando nunca he intervenido ante ningún padre o madre con sus hijos. Nunca. Y lo he hecho para evitar conflictos.

¿Eso me lastima? A veces.

Y sí, tengo deseos de no ser consecuente, de gritarle a medio mundo que me dejé en paz con mi crianza, que no me interesa como crían sus hijos, es en serio, no me importa. No me interesa si le dan "tiempo fuera" sentando en una silla, si le dan nalgadas, si le gritan o no, si lo obligan a comer lo que no quieren comer. No, no me interesa.

Pero no lo grito, no lo hago. Porque se que no valdrá la pena. Porque se que al final seré yo y mis circunstancias de madre, junto al esposo y padre de mi hijo. Nada más.

O sea, que se joda todo el mundo.

Me quedo con este espacio, con mis decisiones, con mi miedo, que pasará como todos los miedos que he tenido, y los que aun tengo no solo con mi maternidad sino con otros aspectos de mi vida.

Porque lo he aprendido tarde, pero lo he aprendido. No tengo porque ser madre para los demás, no tengo que llenarles expectativas a nadie. Ni siquiera tengo que dar explicaciones de mi decisiones con mi hijo fuera de mi familia, y esa familia es una de tres: el esposo padre, nuestro hijo y yo.

Y claro, agradezco infinitamente a esas pocas y pocos con los que puedo hablar de mi maternidad con paz. Al amigo que me habló del miedo de ser padre, y con el que pude hablar de mi miedo de ser madre. De la amiga que a la distancia, y a través de Whatsapp, me dejó el mensaje de voz que ha sido casi el único sostén de estas dos últimas semanas, no porque me haya dicho lo que yo quiero escuchar, sino porque lo que me dijo lo hizo con empatía y con algo que escasea en estos tiempos: pensando desde mis palabras de auxilio como madre, no desde el ego con el que solemos posicionarnos cuando pensamos "yo sé más que tú", "yo he vivido más que tú", "tu debes hacer lo que yo he hecho".

Y al esposo padre. Porque nunca ha necesitado un momento de miedo o drama para darme el apoyo.

Por ahora tengo miedo, menos que hace dos semanas. Mucho menos. ¿Y adivinen quien ha colaborado para que disminuya? Pues mi hijo. ¿Contradictorio? No. Solo son esas lecciones que uno toma cuando se queda observando al niño que te ha hecho madre, y sabes que esta por encima de tu miedo.